Pasaron cuatro días.
Cuatro mañanas en las que el puesto de frutas abrió a la misma hora.
Cuatro mañanas en las que Marla acomodó las manzanas con el mismo cuidado de siempre.
Pero el hombre que compraba una cada día no apareció.
Sin querer, levantaba la vista cada vez que escuchaba pasos acercarse.
Y cada vez sentía una pequeña decepción.
Doña Carmen, una clienta habitual, la observó con ternura.
—¿Estás esperando a alguien, hija?
Marla sonrió con timidez.
—No... solo estaba distraída.
Pero ambas sabían que no era cierto.
Al quinto día, Adrián regresó.
Tenía un aspecto cansado. Había dormido poco y la barba comenzaba a crecerle.
Se acercó al puesto sin decir una palabra.
Marla también guardó silencio.
Él tomó una manzana y la sostuvo entre las manos.
—¿Puedo hablar contigo cuando cierres?
Ella dudó unos segundos.
Finalmente respondió:
—Está bien.
Al caer la tarde, caminaron hasta un pequeño parque cercano.
Ninguno hablaba.
Solo se escuchaba el canto de los pájaros y el viento moviendo las hojas de los árboles.
Adrián fue el primero en romper el silencio.
—Nunca quise hacerte daño.
—Pero lo hiciste.
Él bajó la cabeza.
—Lo sé.
Marla respiró profundamente.
—Lo que más me dolió no fue que fueras famoso.
Fue que sentí que, desde el principio, había una parte de ti que nunca conocí.
Adrián la miró con los ojos llenos de arrepentimiento.
—Tienes razón.
Ella continuó:
—Y luego dijiste que al principio buscabas inspiración...
Eso me hizo pensar que solo era un personaje para tu próxima novela.
Él negó con firmeza.
—Escúchame, por favor.
Al principio buscaba una historia.
Pero después...
Después empecé a esperar las mañanas solo para verte sonreír.
Esperaba escuchar cómo habías ayudado a alguien.
Esperaba nuestras conversaciones.
Esperaba saber qué libro estabas leyendo.
La historia dejó de importarme.
Tú empezaste a importarme.
Marla sintió un nudo en la garganta.
Adrián sacó un sobre de su mochila.
—Quiero darte esto.
Ella lo abrió lentamente.
Dentro había un contrato editorial... completamente roto por la mitad.
Marla lo miró confundida.
—¿Qué significa esto?
—Mi editor quería publicar el libro el próximo mes.
Pero cancelé todo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero escribir una historia que te haga sentir utilizada.
Si algún día publico ese libro, será con tu permiso.
Y si nunca me lo das...
Nunca verá la luz.
Marla levantó la vista, sorprendida.
—¿Harías eso?
—Sin dudarlo.
Porque prefiero perder el libro más importante de mi carrera antes que perderte a ti.
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Marla.
No porque él fuera un escritor famoso.
Sino porque, por primera vez, alguien había puesto sus sentimientos por encima de su propio éxito.
Ella dio un paso al frente.
Todavía no lo abrazó.
Todavía no estaba lista para olvidar el dolor.
Pero tomó su mano por unos segundos.
—Aún necesito tiempo.
Adrián sonrió con suavidad.
—Te esperaré el tiempo que haga falta.
Y, mientras caminaban de regreso al mercado, ambos sintieron que, aunque la confianza aún estaba herida, el camino para reconstruirla acababa de comenzar.