Una semana después, la relación entre Marla y Adrián era distinta.
No había vuelto a ser como antes.
Pero tampoco era fría.
Él seguía pasando por el mercado cada mañana.
Compraba una manzana.
Conversaban unos minutos.
Y luego se despedían con una sonrisa tímida.
La confianza regresaba poco a poco, sin prisas.
Aquella tarde, cuando el mercado estaba casi vacío, Marla salió de detrás del mostrador con el cuaderno azul entre las manos.
Era el mismo que siempre escondía.
Se detuvo frente a Adrián.
—¿Lo recuerdas?
Él sonrió.
—Claro. El cuaderno que nunca me dejabas leer.
Marla respiró hondo.
—Hoy sí quiero que lo leas.
Adrián la miró sorprendido.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
—Si quiero que confíes en mí, también tengo que confiar en ti.
Él tomó el cuaderno con cuidado, como si fuera un tesoro.
En la primera página había una frase escrita con letra delicada:
"Las personas no cambian nuestra vida por hacer cosas extraordinarias. La cambian cuando nos hacen sentir que importamos."
Adrián sintió un escalofrío.
Pasó la página.
Había pequeños relatos, diálogos, reflexiones y personajes inspirados en personas comunes: una anciana que esperaba la visita de su hijo, un niño que soñaba con ser músico, una pareja de abuelos que seguía tomándose de la mano.
No había grandes aventuras.
Solo historias llenas de humanidad.
Cuando terminó de leer, levantó la vista con los ojos brillantes.
—Marla...
Ella lo observó con nerviosismo.
—¿Son muy malas?
Él negó lentamente.
—No.
Hizo una pausa.
—Son de las cosas más bonitas que he leído.
Marla sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Lo dices para hacerme sentir bien?
—No.
Lo digo porque escribes con el corazón, y eso no se puede enseñar.
Se hizo un silencio.
Entonces Adrián cerró el cuaderno y se lo devolvió.
—Prométeme algo.
—¿Qué cosa?
—Que algún día dejarás que el mundo lea estas historias.
Marla sonrió.
—Solo si tú prometes no esconder nunca más quién eres.
Él extendió la mano.
—Trato hecho.
Ella la estrechó y, por primera vez desde que descubrió la verdad, ambos sintieron que el peso del pasado empezaba a desaparecer.
Mientras el sol se ocultaba sobre el mercado, ninguno de los dos lo sabía, pero alguien los observaba desde el otro lado de la calle.
Una mujer elegante cerró la puerta de un automóvil negro sin apartar la vista de Adrián.
—Así que aquí estás... —murmuró con una sonrisa enigmática.
Y cuando vio a Marla reír junto a él, su expresión cambió por completo.
Aquella mujer no estaba dispuesta a permitir que el famoso escritor encontrara la felicidad tan fácilmente.