Habían pasado tres meses desde que Adrián y Marla comenzaron su relación.
Aunque sus vidas eran muy distintas, habían encontrado un equilibrio.
Por las mañanas, Adrián seguía visitando el mercado.
Por las tardes, ambos escribían juntos en una pequeña cafetería. A veces hablaban durante horas; otras, simplemente disfrutaban del silencio mientras cada uno llenaba páginas con sus ideas.
Una mañana, Adrián llegó al puesto con una expresión que Marla no supo descifrar.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Él sacó dos sobres de su mochila y los dejó sobre el mostrador.
—Ábrelos.
Marla abrió el primero.
Dentro había dos boletos de avión.
—¿Un viaje?
Abrió el segundo sobre.
Era una invitación oficial para que Adrián participara en un importante festival literario en una ciudad costera. La invitación incluía un acompañante.
Marla levantó la vista.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No quiero ir con otra persona.
Quiero vivir esta experiencia contigo.
Ella sonrió, pero luego su expresión cambió.
—¿Y el mercado?
—¿No puedes tomarte unos días?
Marla suspiró.
—Nunca me he ausentado tanto tiempo. Los clientes cuentan conmigo.
En ese momento, doña Carmen, que había escuchado parte de la conversación, se acercó sonriendo.
—Nosotros podemos ayudarte.
Los demás vendedores también asintieron.
—No te preocupes, Marla. Cuidaremos tu puesto.
Ella sintió un nudo en la garganta.
Durante años había pensado que solo era una vendedora más.
Ahora comprendía que también era parte de una gran familia.
—Entonces... iré.
Adrián sonrió como un niño.
Sin importar cuántos países hubiera visitado por su trabajo, sabía que ese sería el viaje más especial de su vida.
Esa noche, mientras preparaban las maletas, Marla encontró la primera manzana que le había regalado a Adrián.
Él la había conservado seca, protegida dentro de una pequeña caja de cristal.
—¿Todavía la guardas?
Adrián sonrió.
—Me prometiste que las manzanas estaban hechas para compartirse.
Pero esta nunca pude comérmela.
Porque me recuerda el día en que mi vida empezó a cambiar.
Marla acarició la caja con ternura.
—Entonces tendremos que conseguir una nueva en cada lugar al que viajemos.
Adrián rió.
—¿Una tradición?
—Nuestra tradición.
Él tomó su mano y la besó con suavidad.
—Me parece el comienzo perfecto para una nueva aventura.
A la mañana siguiente, mientras el avión despegaba, Marla miró por la ventana con los ojos llenos de emoción.
No solo estaba dejando su ciudad por primera vez.
También estaba volando hacia un futuro que jamás imaginó.
Y, sin saberlo, en ese festival literario conocería a una persona que pondría a prueba no solo su talento como escritora, sino también el amor que ella y Adrián habían construido con tanta paciencia.