La primera parada de la gira fue una ciudad llena de calles antiguas, librerías y cafés.
Marla caminaba con una pequeña libreta en la mano, observándolo todo.
—¿Siempre miras todo con tanta atención? —preguntó Adrián.
Ella sonrió.
—Las historias están en todas partes. Solo hay que detenerse a verlas.
Él rió.
—Eso lo habría escrito una verdadera novelista.
Marla le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No te burles.
—No me estoy burlando. Estoy orgulloso de ti.
Aquella tarde, la librería donde presentarían sus libros estaba completamente llena.
Los organizadores tuvieron que abrir una segunda sala porque cientos de personas seguían llegando.
Marla respiró hondo detrás del escenario.
—Estoy muy nerviosa.
Adrián tomó sus manos.
—Mírame.
Ella levantó la vista.
—No tienes que ser perfecta.
Solo sé la misma mujer que habla con cariño a cada persona que compra una manzana.
Ellos vinieron a conocerte a ti.
No a un personaje.
Marla sonrió.
Las puertas se abrieron.
Los aplausos comenzaron.
Los dos subieron al escenario.
Durante la charla, una joven levantó la mano.
—Tengo una pregunta para Marla.
Ella asintió.
—Adelante.
—Si nunca hubieras conocido a Adrián... ¿igual habrías escrito tu libro?
El auditorio quedó en silencio.
Marla miró unos segundos a Adrián antes de responder.
—Sí.
Quizá habría tardado más.
Quizá habría tenido más miedo.
Pero las historias ya vivían dentro de mí mucho antes de conocerlo.
Lo que Adrián hizo fue recordarme que también merecían ser escuchadas.
El público comenzó a aplaudir.
Adrián sintió un inmenso orgullo.
No porque ella hablara de él.
Sino porque acababa de reconocer su propio talento.
Después, otro lector levantó la mano.
—¿Y usted, Adrián? ¿Qué fue lo que realmente encontró en Marla?
Él sonrió.
No necesitó pensar la respuesta.
—Encontré a una mujer que nunca intentó impresionar a nadie.
Que trata con el mismo respeto a un niño, a un anciano o a un escritor famoso.
Que cree que un pequeño gesto puede cambiar el día de una persona.
Y descubrí que eso era exactamente lo que llevaba años buscando.
El auditorio volvió a aplaudir.
Marla sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
Esa noche, después del evento, caminaron por una plaza iluminada.
Había músicos tocando, niños jugando y parejas paseando.
Adrián se detuvo frente a un pequeño puesto de frutas.
Sobre la mesa había varias manzanas rojas.
Sonrió.
—Parece que nos siguen a todas partes.
Marla tomó una de ellas y se la ofreció.
—Entonces no rompamos la tradición.
Compraron una sola manzana.
La partieron por la mitad.
Y, mientras compartían el primer bocado, comprendieron que no importaba en qué ciudad estuvieran.
Mientras existiera una manzana, una conversación y una mano dispuesta a sostener la otra, siempre encontrarían el camino de regreso al lugar donde comenzó su historia. 🍎❤️