Cinco años habían pasado desde aquella boda en el mercado.
La vida había cambiado mucho.
Los libros de Adrián y Marla se traducían a varios idiomas.
Viajaban con frecuencia para encontrarse con lectores de diferentes países.
Pero había una regla que nunca rompían.
Todos los lunes por la mañana regresaban al antiguo puesto de manzanas.
Aunque ya no necesitaban trabajar allí, seguían abriéndolo unas horas.
No para ganar dinero.
Sino para recordar de dónde venían.
—¡Buenos días! —saludó Marla con la misma sonrisa de siempre.
Una niña de unos ocho años se acercó al puesto.
—¿Usted es la escritora?
Marla se agachó hasta quedar a su altura.
—Sí.
—Mi mamá dice que usted escribe historias bonitas.
Marla sonrió.
—¿Y tú qué quieres ser cuando seas grande?
La niña lo pensó unos segundos.
—Todavía no lo sé.
—No tienes prisa. Lo importante es que nunca dejes de soñar.
La niña eligió una manzana roja.
Antes de irse, Marla se la regaló.
—Hoy corre por mi cuenta.
La pequeña salió corriendo, feliz.
Adrián observó la escena con una sonrisa.
—Sigues haciendo lo mismo que el primer día.
Marla se encogió de hombros.
—Hay cosas que nunca deberían cambiar.
Aquella tarde recibieron una invitación muy especial.
Una universidad quería entregarles un reconocimiento por inspirar a miles de jóvenes a leer y escribir.
Durante la ceremonia, el rector hizo una pregunta inesperada.
—Si pudieran resumir toda su historia en una sola enseñanza, ¿cuál sería?
Adrián tomó el micrófono primero.
—Aprendí que el talento puede abrirte puertas, pero la bondad abre corazones.
Después se lo entregó a Marla.
Ella observó al público durante unos segundos.
—Yo aprendí que nunca debemos sentir vergüenza de nuestros comienzos.
Durante mucho tiempo pensé que vender manzanas era algo pequeño.
Hoy entiendo que fue el lugar donde encontré mi propósito, mi profesión... y al amor de mi vida.
Todo el auditorio se puso de pie para aplaudir.
Adrián buscó la mano de Marla y la entrelazó con la suya.
Lo hacía cada vez que estaba orgulloso de ella.
Y ese día no podía sentirse más orgulloso.
Al regresar a casa, pasaron por el viejo mercado.
Ya estaba cerrado.
Marla sacó una manzana de su bolso.
La partió por la mitad.
Le entregó una parte a Adrián.
Él sonrió.
—Cinco años...
—Y seguimos haciendo lo mismo.
—Espero que nunca dejemos de hacerlo.
Marla apoyó la cabeza en su hombro.
—No lo haremos.
Porque no importa cuántos libros escribamos...
Nuestra historia favorita siempre será la primera.
La que empezó con una pregunta sencilla:
—¿Me vende una manzana?
Y bajo un cielo lleno de estrellas, compartieron una vez más aquella manzana, sabiendo que los grandes amores no necesitan gestos extraordinarios para mantenerse vivos.
Solo necesitan elegirse, una y otra vez, cada día. 🍎❤️