La chica de las Manzanas

Epílogo Final: La primera manzana

Veinte años después...

El mercado seguía en el mismo lugar.

Algunos puestos habían cambiado de dueño.

Otros habían desaparecido.

Pero uno permanecía igual.

El pequeño puesto de las manzanas.

Aunque ya no abría todos los días.

Solo los sábados.

Porque para Marla y Adrián ya no era un trabajo.

Era una tradición.

Aquella mañana, una pareja joven se acercó al puesto.

Los dos parecían nerviosos.

El muchacho tomó una manzana y preguntó:

—¿Cuánto cuesta?

Marla sonrió con la misma dulzura de siempre.

—Depende.

La pareja se miró confundida.

—¿Depende de qué?

—De si solo quieren comprar una manzana... o comenzar una historia.

Los dos rieron.

Adrián, que acomodaba unas cajas detrás del puesto, negó con una sonrisa.

—Sigue diciendo esa frase después de veinte años.

—Y nunca me canso.

La joven observó una fotografía enmarcada sobre una repisa.

En ella aparecían Marla y Adrián mucho más jóvenes, compartiendo una manzana frente al mercado.

—¿Son ustedes?

Marla asintió.

—Sí.

—Mi abuela me leía sus libros cuando era niña.

Nunca imaginé conocerlos.

Adrián tomó la fotografía entre sus manos.

—Todo comenzó aquí.

Con una conversación.

Y con alguien que me hizo sentir que todavía podía creer en las personas.

La joven sonrió.

—¿Cuál es el secreto para que un amor dure tanto?

Marla y Adrián se miraron.

Él respondió primero.

—Escuchar.

Ella añadió:

—Elegirse todos los días.

Él continuó:

—Pedir perdón cuando haga falta.

Ella sonrió.

—Y nunca dejar de compartir la última... o la primera manzana.

Todos rieron.

Cuando el mercado quedó vacío, Adrián tomó la mano de Marla.

Los años habían dejado algunas canas y pequeñas arrugas.

Pero sus ojos seguían brillando igual que la primera vez que se encontraron.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó él.

Marla negó lentamente.

—Solo de una cosa.

Adrián la miró con curiosidad.

—¿Cuál?

—De no haberte regalado dos manzanas el primer día.

Él soltó una carcajada.

—¿Y por qué?

—Porque así habría tenido una excusa para que volvieras más rápido.

Los dos rieron con la complicidad de quienes habían compartido una vida entera.

Adrián sacó una manzana del bolsillo de su chaqueta.

—¿La compartimos?

Marla sonrió.

—Como siempre.

Partieron la manzana por la mitad.

Se sentaron en el mismo banco donde, muchos años atrás, se habían dado su primer beso.

El sol comenzaba a ocultarse.

El mercado cerraba una vez más.

Y mientras compartían aquella última manzana del día, comprendieron que las grandes historias nunca terminan realmente.

Porque permanecen vivas en cada lector, en cada recuerdo y en cada pequeño acto de bondad que inspiran.

Y así, el escritor y la chica de las manzanas demostraron que el amor más extraordinario puede nacer de la conversación más sencilla.

Fin. 🍎📖❤️




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