La chica del Bus

20. Besos y Regalos

La verdad es que Alan es un completo idiota, mi tormenta debe de estar realmente triste.

- ¿Estás bien? – me pregunta Horton sacándome de mis pensamientos, - lamento lo de hace unos minutos, no sabía que nos encontraríamos con ellos hay, lo siento.

- No te preocupes, sabía que ellas estaban ahí, - le digo, es obvio que no irían a ningún bar; - mi hermana odia la poesía y hoy era noche poética en el bar al que iban a ir.

- Se ve que la conoces muy bien, - añade él para seguir conversando.

- ¿Te duele? – le pregunto señalando a su labio por su herida. – deberíamos hacer algo con ese labio.

Al decir eso me sonrojo, por la sonrisa ladina que él pone; mi corazón comienza a bailar en mi pecho y me siento morir por el espacio tan pequeño que hay en aquel auto.

- Te dejare resguardada y me iré, para que puedas descansar. – Me dice, debo llegar a casa allá habrá un botiquín.

- No seas así, - le rebato; - déjame curarte, esto ha sido indirectamente mi culpa.

- Esta bien, si con eso conozco tu habitación. – Me vuelvo a sonrojar.

Luego de diez minutos más conduciendo para dirigirnos a mi residencia, el estaciona el vehículo en la acera de enfrente y salimos del auto, se toca su labio en el lugar donde está el pequeño pegote de sangre que se ha formado luego de secarse, caminamos hacia mi habitación, las otras chicas duermen, y la sala esta despejada; si alguna lo ve le brincara en sima, no literalmente, pero si se le insinuaran y para ser honesta me da esgrima que eso pase, no todas son como yo.

 

- ¿Segura que podemos estar en tu habitación? – pregunta detrás de mí.

- Anda, no es nada, - le digo, - No pierdes nada, - vuelvo a espetar encogiéndome de hombros.

Seguimos caminando y tres puertas después llegamos a mi habitación, - es aquí – le digo sujetando el pomo de mi puerta y abriendo la misma para darle paso, sus ojos indagan cada metro de la habitación en la que nos encontramos. – Fascinante ¿no? – le interrogó mientras el observa el collage que está en mi habitación,

- ¿Cómo hiciste eso? – me pregunta señalando al mismo, - es maravilloso como formaste sus rostros y sus cuerpos con diferentes periódicos.

- La verdad me llevo años terminarlo, pero me encanta, son mis padres y abuelos; - no es gigantesco, pero si cubre toda la pared que esta frente a la cama. – Siéntate, - le digo, y lo veo sentarse en la cama, mientras yo estoy sacando de mi gaveta de la mesita de noche una pomada para las heridas en los labios, junto con yodo y un poco de algodón, el seguia observando anonadado mi habitación.

- Aquí está, - digo poniendo todo sobre la cama, sentándome frente a él, - anda, déjame ver; - le digo abriendo el potecito de yodo mojando el algodón, sujeto su rostro con dos de mis dedos y observo la comisura de sus labios donde está la herida, paso el algodón y lo escucho quejarse.

- ¡Arde! – dice apretando los ojos y alejándose un poco, - ¿ya habías hecho esto antes?  - Me pregunta.

- Es la primera vez, - digo volviendo a pasar por la herida el algodón, miro sus labios y un calor extraño invade mi pecho; - ¿Cómo, que empezó a hacer calor? – interrogo sintiendo que mi pecho se ha acelerado de una forma incomprensible al notar que quiero besarlo.

- No, - dice, / creo que no ha entendido mi comentario / y yo destapo la pomada. – déjame a mí, - dice sujetándome ambas manos y mi corazón late con mayor rapidez, - / ¿Qué me pasa? /, - pongamos esto por aquí, - espeta, - hay algo que teníamos pendiente antes de que el zopenco de tu cuñado apareciera.

Yo no puedo decir ni papa, la garganta se me ha cerrado y las palabras no salen, solo siento mi corazón a mil millas por hora y tengo miedo de que él lo escuche.

Se acerca más a mí, juntando nuestras rodillas, yo sigo sin moverme, expectante, pero muy nerviosa; él mira mis labios y luego mis ojos, se acerca un poco más inclinando un poco su rostro y lo veo cerrar los ojos, yo no sé qué hacer la verdad. Al sentir su aliento cerca de mis labios cierro los ojos y me dejo llevar, sus labios son cálidos, muy diferente a los de Alan aquella vez; son suaves y tiernos, es corto el beso como si estuviera pidiendo el permiso para continuar y vuelve a acercarlos a los míos, sus labios saben a yodo, amargo, pero el sabor del helado que nos estábamos comiendo también está presente un sabor a fresa y piña es el que reina en su aliento.

El beso se alarga cuando yo atrevidamente coloco mis manos alrededor de su cuello para acercarlo, él suelta una pequeña sonrisa gutural y con sus manos me sujeta por la cintura y nos caemos a mi cama, yo me rio dejando de besarlo.

- ¿Podría una volverme adicto a esto? – dice y yo dejo de reír para tratar de sentarme, pero el vuelve a halarme para dejarme tumbada en la cama; - me refiero a besarte, eres hermosa y sobre todo cuando te sonrojas; y besas como los ángeles.




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