El sueño siempre comenzaba igual.
Oscuridad.
No la oscuridad suave de la noche, sino algo más denso. Como estar enterrada viva. El aire era pesado y húmedo, olía a tierra mojada y a algo metálico—sangre, tal vez. O miedo.
Irina no podía moverse. No sabía si era porque su cuerpo era demasiado pequeño o porque algo la sostenía. Pero podía sentir. Podía escuchar. Brazos la rodeaban, apretándola contra un pecho que subía y bajaba con respiraciones temblorosas. Una mano acariciaba su cabeza con movimientos repetitivos, desesperados, como si ese simple gesto pudiera mantenerlas a salvo.
Sobre ellas, separándolas del mundo, había madera. Podía ver la luz que pasaba entre las tablas, pequeñas líneas de luz que se filtraban desde arriba. Desde muy lejos. Y a través de esas grietas, escuchaba.
Pasos pesados. Muchos pasos. El crujido de la madera del piso. Algo arrastrándose. Y entonces, una voz. Profunda. Masculina. Familiar de una forma que dolía.
—¡Aléjate de ellas!, luego un golpe. Fuerte. El sonido de algo—alguien—cayendo contra el suelo.
Más pasos. Pero estos no eran humanos. Eran más ligeros, irregulares, como si lo que caminaba no tuviera la forma correcta.
Un siseo. Agudo y antinatural. Distorsionado, más grave, más amenazante. Y luego, el sonido de alas. No el aleteo suave de un pájaro pequeño. Si no algo enorme. Alas que cortaban el aire con violencia, creando ráfagas de viento que hacían temblar las paredes. La voz masculina gritó otra vez. Pero esta vez fue cortada abruptamente, reemplazada por un sonido húmedo, terrible. Como tela siendo rasgada. Como carne siendo—Silencio.
Los brazos que la sostenían se apretaron con más fuerza. La respiración sobre su cabeza se volvió más rápida, más superficial. Irina podía sentir el corazón de quien la sostenía latiendo contra su pequeño cuerpo—tan rápido que parecía que iba a explotar.
Más pasos arriba. Arrastrándose. Buscando. Y ese siseo otra vez. Más cerca ahora. Justo encima de ellas. Irina quería gritar, pero no podía. Era demasiado pequeña. Demasiado nueva en este mundo. Solo podía estar allí, envuelta en brazos temblorosos, escuchando.
Y entonces, a lo lejos, el sonido de sirenas. El aleteo se detuvo. Los pasos se alejaron. Y luego, nada. Pasó el tiempo. No sabía cuánto. Segundos. Minutos. Horas.
Las sirenas se acercaron. Voces humanas. Órdenes gritadas.
La madera sobre ellas se abrió de golpe. Luz. Cegadora, brillante, imposible de mirar directamente. Una linterna. Apuntando hacia abajo. Hacia ellas. Y en ese momento, justo antes de despertar, Irina siempre veía lo mismo: Sus propios ojos. Los ojos de un bebé. Reflejados en esa luz. Mirando hacia arriba.
Viendo todo. Recordando todo. Irina despertó con un jadeo ahogado. Su habitación estaba bañada en la luz suave del amanecer que se filtraba a través de las cortinas. El corazón le latía rápido, como si hubiera estado corriendo, y sus manos se aferraban a las sábanas con fuerza. Podía sentir el sudor frío en su frente, la respiración todavía irregular.
El sueño todavía estaba fresco en su mente—la oscuridad, el miedo, los sonidos. Siempre los sonidos. El aleteo. El siseo. Cerró los ojos e intentó calmarse. Respirar.
Contar hasta diez como le había enseñado Clara.
Uno. Dos. Tres.
Era solo un sueño. Un recuerdo que no debería tener porque era demasiado pequeña cuando ocurrió. Pero su mente se aferraba a él de todas formas, reproduciéndolo noche tras noche desde que tenía memoria.
Cuatro. Cinco. Seis.
Clara le había dicho que era normal. Que los niños a veces tienen pesadillas recurrentes. Que eventualmente desaparecerían. Pero Irina tenía catorce años ahora, y el sueño seguía allí. Más vívido que nunca.
Siete. Ocho. Nueve. Diez.
Abrió los ojos y se sentó en la cama. El mundo estaba tranquilo. Seguro. Su habitación era cálida y familiar—las paredes pintadas hace solo unos días de verde claro, los estantes llenos de libros y pequeñas plantas que crecían en macetas que ella misma cuidaba.
Todo estaba bien. Todo está bien.
Se levantó de la cama y se acercó al espejo. Su reflejo la miró de vuelta, el cabello enmarañado casi dorado bajo la luz del sol, los ojos hinchados, verdosos por el sol de un muy soleado día. Y aunque había ojeras bajas ellos—testimonio de otra noche de sueños inquietos—todavía tenía esa sonrisa fácil que hacía que la gente quisiera estar cerca de ella.
Al menos la mayor parte del tiempo.
Sus mejillas dolieron un poco. Se vistió rápidamente con su uniforme escolar y bajó las escaleras, siguiendo el aroma del desayuno que ya llenaba la casa. Clara; su madre, ya estaba en la cocina preparando el desayuno cuando Irina entró.
Era una mujer de mediana edad, con ojos amables de color avellana y manos que siempre parecían estar haciendo algo útil. Su cabello castaño estaba recogido en un moño, peinado hasta el más pequeño de los cabellos y llevaba su uniforme de policía—pantalones oscuros y camisa azul con la insignia brillando en el pecho.
—Buenos días, cariño— dijo Clara con una sonrisa cálida, girando desde la estufa donde estaba preparando huevos revueltos.
#1372 en Fantasía
#250 en Magia
identidad, magia aventura personajes sobrenaturales, poder ambicion y amor
Editado: 29.06.2026