El casino de la escuela bullía con el ruido habitual del almuerzo—conversaciones superpuestas, risas, el tintineo de bandejas y cubiertos. Irina estaba sentada en la mesa junto a la ventana, picoteando distraídamente su almuerzo mientras Azalea hablaba sin parar frente a ella.
—...y entonces Sofía le dijo a Marcos que ella obviamente no estaba interesada, pero él insistió en que los mensajes que le enviaba eran "confusos"— Azalea hizo comillas con los dedos, sus ojos brillando con el drama ajeno—. Como si "hola" y "adiós" fueran mensajes confusos. ¿Puedes creerlo?
Irina sonrió, asintiendo mientras masticaba.
—Es increíble.
—¿Verdad? Y ahora toda la clase está dividida entre los que creen que Sofía fue demasiado dura y los que creen que Marcos es simplemente denso. Yo estoy firmemente en el equipo "Marcos-es-denso", por si acaso te preguntabas.
—No me sorprende. Siempre con lo justo por delante.
Azalea se rio, tomando un sorbo de su jugo antes de continuar.
—Oh, y hablando de drama, ¿escuchaste sobre el nuevo profesor? Bueno, no tan nuevo ya. Llegó hace como unas semanas, pero sigue siendo "el nuevo" porque todos los demás llevan aquí como mil años—
Un ruido repentino interrumpió su parloteo.
Cuchicheos y voces en un tono más alto de lo normal. El sonido inconfundible de sillas arrastrándose mientras un grupo de chicas de cursos mayores se agolpaban cerca de la entrada del casino.
Irina y Azalea giraron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Qué está pasando? — murmuró Irina.
Azalea se estiró en su asiento, tratando de ver por encima de las cabezas.
—No sé, pero... oh. Oh. Es él.
—¿Quién?
—El profesor del que te estaba hablando. Christopher.
Irina siguió la dirección de la mirada de Azalea.
Un hombre joven acababa de entrar al casino, conversando tranquilamente con otro hombre que caminaba a su lado. No parecía notar—o tal vez no le importaba—el revuelo que había causado su llegada. Era alto, de complexión delgada, vestido con ropa semiformal pero cuidada: pantalones de vestir y una camisa a cuadros de botones arremangada hasta los codos.
Pero lo termino llamando su atención fue el hombre que iba a su lado.
Su cabello era rubio, casi platinado, cortado de forma simple. Era morena, tocada por el sol, Irina no alcanzaba a verlo del todo. Le daba una apariencia casi etérea, como si se hubiera pintado con trazos de luz y sombra.
Su expresión era seria, casi distante, mientras respondía algo que su acompañante le había dicho.
—Está bien— admitió Azalea en voz baja—, entiendo por qué todas están obsesionadas con él.
Pero Irina no estaba escuchando. Porque en ese momento, el hombre rubio giró la cabeza.
Y sus ojos se encontraron con los de ella.
Fue solo un segundo. Tal vez menos.
Pero en ese segundo, algo en el pecho de Irina se rompió.
No fue un flash visual. Fue algo más profundo, más visceral.
Como nostalgia.
Esa sensación cuando vuelves a ver a alguien después de mucho, mucho tiempo. Cuando tu cuerpo reconoce algo que tu mente no recordaba hasta verlo. Como volver a casa después de años y encontrar que todo sigue igual.
Su pecho se apretó. Dolorosamente. Como si algo invisible lo estuviera exprimiendo, presionando todo el aire fuera de sus pulmones. Intentó respirar, pero el aire no quería entrar, atascado en algún lugar entre su garganta y su corazón.
¿Qué...?
Ángelo seguía mirándola. Sus ojos—de un color que Irina no podía discernir desde la distancia—se habían entrecerrado ligeramente, como si él también hubiera sentido algo.
Y entonces parpadeó, y el momento se rompió.
Apartó la mirada y continuó caminando hacia una mesa al otro lado del casino con su acompañante.
El aire volvió a los pulmones de Irina en una bocanada repentina. Parpadeó, desorientada, con el corazón todavía latiendo demasiado rápido.
—¿Irina?
La voz de Azalea la sacó de su aturdimiento.
—¿Irina? ¿Hola? ¿Tierra llamando a Irina?
Irina sacudió la cabeza, enfocándose en su amiga.
—¿Qué?
Azalea la miraba con el ceño fruncido, preocupada.
—Te pregunté si estabas bien. Te quedaste como... congelada. Por unos segundos.
—Estoy bien— respondió Irina rápidamente, tomando un sorbo de agua para darse tiempo—. Solo... me distraje.
Azalea la estudió por un momento más, claramente no del todo convencida, pero luego se encogió de hombros.
—Bueno, como te estaba diciendo, ese que está al lado es Ángelo. Enseña Historia. Son amigos o algo así— Azalea continuó hablando, volviendo a su ritmo habitual de parloteo, pero Irina apenas la escuchaba.
Porque, aunque ya no estaba mirando hacia donde Ángelo se había sentado, todavía podía sentir ese peso en su pecho.
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Editado: 29.06.2026