(Narrado por Aaron)
La noche no me dio descanso. Cerré los ojos y lo único que encontré fueron los suyos: verdes, intensos, desafiantes. Me asaltaron en sueños, apareciendo una y otra vez, como si quisieran recordarme que no podía escapar de ellos.
Me desperté con el corazón acelerado, maldiciendo en silencio.
—¿Qué demonios me pasa? —me reproché, golpeando el colchón con el puño.
No era normal. Nunca me había obsesionado con nadie. Mi vida siempre había sido disciplina, órdenes, sangre y silencio. Pero ahora… ahora una chica se había colado en mi mente como un veneno dulce.
Decidí que no podía acercarme más. No tan pronto. Si quería entenderla, debía observarla desde la distancia. Vigilar sin ser visto. Así, al menos, podría mantener el control.
La seguí al colegio, manteniéndome en las sombras de los pasillos, en las esquinas del patio. Ella no lo notaba, o fingía no hacerlo. Caminaba con sus amigas, reía con ellas, y cada gesto suyo me parecía un misterio que necesitaba descifrar.
Más tarde, la vi salir del colegio y dirigirse al jardín de niños. Allí recogió a su hermana menor, Diana. La pequeña corrió hacia ella con los brazos abiertos, y Dalia la levantó con una sonrisa que me dejó sin aire. Esa escena me golpeó más fuerte que cualquier informe: ella no solo era una estudiante, era madre, hermana, protectora. Una guerrera silenciosa.
Me quedé observando desde la distancia, escondido entre la multitud. No debía acercarme. No debía dejar que me viera.
Horas después, en un callejón apartado, recibí el informe de uno de mis hombres. Un tipo leal, discreto, que sabía moverse sin llamar la atención.
—Aaron, ya tenemos lo que pediste —dijo, entregándome una carpeta.
La abrí con calma, aunque por dentro ardía de curiosidad. Fotos, notas, detalles.
—Dalia Hernández —leyó él en voz baja—. Diecisiete años. Vive con su padre y su hermana menor, Diana. La madre murió hace tiempo. El padre trabaja largas horas, apenas está en casa. Ella se encarga de la niña, del colegio, de todo.
Pasé las páginas lentamente, absorbiendo cada palabra. Su vida era sencilla, pero cargada de responsabilidades. Una chica que no debería tener tanto peso sobre los hombros, y aun así lo llevaba con firmeza.
—No tiene conexiones con nadie peligroso —continuó mi hombre—. Es una estudiante normal.
Normal. Esa palabra me hizo sonreír con ironía. No había nada normal en ella. No después de cómo me enfrentó. No después de cómo su voz envolvió mi nombre.
Cerré la carpeta y la guardé bajo el brazo.
—Bien. Mantente atento, pero no te acerques. Yo me encargaré de lo demás.
El hombre asintió y se marchó.
Me quedé solo, mirando la calle desde la sombra. Dalia estaba allí, en algún lugar cercano, viviendo su vida sin saber que yo la observaba.
Y aunque me prometí mantener la distancia, sabía que tarde o temprano volvería a cruzar esa línea. Porque esos ojos verdes no solo habían asaltado mis sueños… habían empezado a cambiar mi destino.
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