La Chica Que Temía A Los Sapos

CAPÍTULO 1: Las Paredes del Miedo

El apartamento olía a café quemado y a las cortinas cerradas de Melina. Eran las tres de la tarde de un jueves cualquiera, y ella seguía en la cama, enrollada en una maraña de sábanas grises que hacía semanas no veía la luz del sol.

No era que estuviera enferma. O al menos, no en el sentido que la mayoría de las personas entendería.

Melina escuchaba los sonidos de la ciudad a través de la ventana sellada: el tráfico, las voces de niños jugando en la calle, el vendedor de helado con su característica melodía. Sonidos que pertenecían a un mundo que ella observaba desde la distancia, como si mirara a través de un acuario.

Un golpe seco en la puerta la sobresaltó.

—¿Melina? —La voz de su madre, Rosita, sonaba paciente pero cansada—. ¿Vas a quedarte ahí todo el día?

—Voy a levantarme en un momento, mamá —respondió Melina, aunque sabía que no era verdad.

Los pasos de Rosita se alejaron por el pasillo. Su madre había aprendido a no insistir demasiado. Después de veinticinco años, conocía los límites de su hija mejor que nadie.

Melina se incorporó lentamente y miró su reflejo en el espejo colgado frente a la cama. Una chica delgada, con ojeras oscuras y el cabello castaño enredado, la observaba de vuelta. Sus ojos eran grandes y melancólicos, el tipo de ojos que parecían estar siempre pidiendo disculpas por existir.

Se levantó descalza, teniendo cuidado de no pisar directamente en el piso de cerámica fría. Era una costumbre que había desarrollado años atrás: nunca sabía dónde podría haber un sapo. Aunque la lógica le decía que en un apartamento del piso dieciséis era imposible, su cuerpo no obedecía a la lógica.

El miedo nunca lo hacía.

En la cocina, Rosita estaba preparando la comida. Era una mujer menuda, con las mismas facciones que Melina pero con una fuerza en la mandíbula que su hija nunca había heredado. Llevaba el cabello recogido en un moño apretado y una mancha de tomate fresco en el delantal blanco.

—Hice sopa de verduras —dijo sin mirar, aunque sabía que Melina estaba allí—. Valentina dijo que llegaría tarde de la escuela.

Valentina. Melina sintió una pequeña tensión en el pecho.

Su hermana menor era su opuesto exacto. Donde Melina era callada, Valentina era ruidosa. Donde Melina dudaba, Valentina atacaba. A los quince años, ya había perfeccionado el arte de hacer que la vida de su hermana fuera un poco más difícil cada día.

—Gracias, mamá —murmuró Melina, sirviéndose un plato.

Se sentó en la mesita del comedor, la misma donde habían comido las tres durante los últimos cinco años, desde que su padre se fue. Melina no tenía muchos recuerdos claros de él, solo la sensación de ausencia, como un diente faltante en una sonrisa.

Estaba dando la segunda cucharada de sopa cuando escuchó la llave en la cerradura. Valentina entró con el caos que siempre traía consigo: la puerta de golpe, la mochila arrojada al sofá, el uniforme escolar desabotonado.

—¿Qué onda, Melina? —saludó, aunque no espera respuesta—. Mamá, ¿hay algo de comer? Muero de hambre.

Rosita sonrió automáticamente. Siempre sonreía así con Valentina.

—Sopa de verduras, cariño. Es tu favorita.

Melina notó que no era verdad. Valentina solía quejarse de que la sopa de verduras era comida de ancianos. Pero no dijo nada. Nunca decía nada.

Lo que sucedió después fue rápido, como un cambio de clima repentino.

Valentina se acercó a la cocina y, de la nada, se frenó en seco. Sus ojos se iluminaron con una malicia que Melina reconocía perfectamente.

—Oye, Melina, ¿ves esto? —Valentina sostenía algo entre los dedos con una sonrisa de gato que acaba de encontrar un ratón.

Era un sapo. Pequeño, café oscuro, con la piel perlada y brillante de humedad.

El mundo se detuvo.

Melina sintió cómo la sangre abandonaba su rostro. Su respiración se volvió superficial. El tenedor cayó de su mano con un sonido metálico que pareció venir de muy lejos.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Rosita, asustada, pero ya era demasiado tarde.

Valentina avanzaba lentamente hacia Melina, levantando el sapo como si fuera un trofeo.

—Lo encontré en la maceta del pasillo. Qué bicho tan lindo, ¿verdad? —Su voz era miel envenenada—. Apuesto a que a Melina le encantaría verlo de cerca.

—No, Valentina, por favor... —Melina se levantó de la silla tan rápido que esta cayó hacia atrás. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro atrapado.

—¿Qué pasa, hermanita? ¿Te da miedo un sapo tan pequeñito? —Valentina se acercaba, disfrutando cada segundo del pánico en el rostro de su hermana.

Melina retrocedió, sus manos temblando. Su mente estaba en pánico total, incapaz de procesar nada más allá del hecho de que la cosa verde y húmeda estaba cada vez más cerca.

—¡Valentina! —gritó Rosita, pero el daño ya estaba hecho.

Melina corrió a su habitación y cerró la puerta de golpe, echando el pestillo. Se deslizó hacia el piso con la espalda apoyada en la puerta, respirando como si acabara de correr un maratón. Su cuerpo estaba cubierto de sudor frío.

Podía escuchar a Valentina riendo al otro lado, ese risa cruel que había aprendido a odiarse a sí misma por odiar.

Desde la oscuridad segura de su cuarto, Melina se preguntó, como lo hacía todos los días, cuánto tiempo más podría vivir así. Atrapada. Prisionera de un miedo que ni siquiera podía explicar.

Un miedo a algo tan pequeño. Tan insignificante.

Pero que lo controlaba todo.




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