La chica sin linaje

PRÓLOGO

Hay algo que nadie te dice sobre las personas olvidadas.

No desaparecen.

Solo aprenden a vivir sin ser vistas.

Yo debería saberlo.

Llevo veinticinco años haciéndolo.

Veinticinco años siendo la chica que nadie escogía.

La amiga que nunca invitaban.

La joven que ocupaba los extremos de las fotografías.

La que caminaba demasiado lento.

La que usaba lentes.

La que tenía demasiadas pecas.

La que escuchaba risas cuando pasaba.

La que fingía no escuchar.

Porque a veces fingir duele menos.

En un mundo donde todos parecían destinados a algo extraordinario, yo era simplemente Aila.

Solo Aila.

Sin poderes.

Sin linaje.

Sin importancia.

Y sinceramente...

Ya me había acostumbrado.

Me acostumbré a las miradas de lástima.

A los susurros.

A las burlas disfrazadas de bromas.

A escuchar cómo otras chicas encontraban compañeros destinados mientras yo organizaba libros y sonreía como si no me importara.

Porque era más fácil que admitir la verdad.

La verdad era que sí me importaba.

Sí dolía.

Dolía cada vez que alguien me miraba y decidía que no era suficiente.

No lo bastante bonita.

No lo bastante fuerte.

No lo bastante especial.

Y tal vez tenían razón.

Porque si había algo que había aprendido en veinticinco años era que las personas especiales eran vistas.

Y yo llevaba toda la vida siendo invisible.

O eso creía.

Porque mientras yo intentaba pasar desapercibida...

Alguien me observaba.

Mientras yo intentaba sobrevivir...

Alguien me buscaba.

Y mientras yo creía que no le importaba a nadie...

Reinos enteros discutían qué hacer conmigo.

La noche que todo cambió comenzó igual que cualquier otra.

Lluvia golpeando los cristales.

Silencio.

El olor familiar de los libros viejos.

Y una carta.

Una simple carta.

Nada más.

Recuerdo haber pensado que era extraño.

Porque reconocí la letra en cuanto vi el sobre.

Y eso era imposible.

Completamente imposible.

Porque la persona que la había escrito llevaba tres años muerta.

Mi abuela.

Y en el momento en que abrí aquella carta...

Mi vida dejó de pertenecerme.




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