Aila aprendió desde muy pequeña que algunas personas nacían para ser vistas.
Ella no.
En Valdoria, las razas superiores no caminaban.
Desfilaban.
Los lobos atravesaban las calles con la barbilla alta, seguros de que el mundo les pertenecía.
Los vampiros pasaban en silencio, hermosos, fríos, intocables.
Las hadas brillaban incluso cuando no querían hacerlo.
Y los humanos…
Los humanos bajaban la cabeza.
Aila lo hacía muy bien.
Bajar la cabeza.
Apartarse.
Pedir perdón aunque no hubiera hecho nada.
Sonreír cuando alguien la insultaba.
Limpiarse la saliva de la mejilla sin llorar.
Eso último todavía le costaba.
Aquella mañana, por ejemplo, una loba de cabello rojo le había escupido cerca de los zapatos al verla entrar por la puerta trasera de la cafetería.
—Mira quién llegó —dijo la chica, riéndose con otras dos—. La humana becada.
Aila apretó los dedos alrededor de la correa gastada de su bolso.
No respondió.
Nunca respondía.
Responder era un lujo reservado para quienes podían defenderse.
Ella solo tenía un suéter viejo, una pierna que dolía cuando llovía y dos trabajos que apenas le alcanzaban para mantener en pie una casa que parecía estar cansada de existir.
—Buenos días —murmuró.
Las lobas rieron más fuerte.
Una de ellas chocó su hombro al pasar.
Aila perdió el equilibrio.
Su pierna izquierda falló un segundo.
El café que llevaba una compañera cayó al suelo, salpicándole los zapatos.
—Torpe —susurró alguien.
Aila respiró hondo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Su abuela solía decirle que nadie podía quitarle la bondad si ella no la entregaba.
Pero había días en que la bondad pesaba.
Y ese día apenas eran las seis de la mañana.
La cafetería de la Universidad Blackthorne abría temprano para los estudiantes de alto rango. Hijos de alfas, herederos vampiros, jóvenes hadas y brujas de familias antiguas entraban allí como si el aire mismo les debiera respeto.
Aila servía café.
Té.
Panecillos.
Desayunos calientes que casi nunca podía comprar para ella.
A veces el olor a mantequilla recién derretida le hacía doler el estómago de hambre.
Pero sonreía.
Siempre sonreía.
—Un té de jazmín —pidió una muchacha hada sin mirarla.
—Claro.
—Y no toques la taza más de lo necesario.
Aila se quedó quieta un segundo.
Luego asintió.
—Claro.
Preparó el té con cuidado.
Sus dedos estaban fríos.
Las mangas de su suéter gris cubrían parte de sus manos. Era demasiado grande para ella, viejo, lleno de bolitas de tela y con un pequeño agujero cerca del puño izquierdo.
Pero no podía dejar de usarlo.
Su abuela lo había tejido.
Era lo único que todavía conservaba su olor si Aila cerraba los ojos y fingía con suficiente fuerza.
A veces pensaba que, si se quitaba aquel suéter, también perdería la última parte cálida de su vida.
—Aquí tiene.
La hada tomó la taza con dos dedos y dejó unas monedas sobre el mostrador.
No eran propina.
Eran menos de lo que costaba el té.
Aila no dijo nada.
Sacó de su propio bolsillo las monedas que faltaban.
Otra vez.
Cuando terminó su turno en la cafetería, el reloj marcaba las ocho y quince.
Su primera clase comenzaba a las ocho y treinta.
Cruzó el patio principal lo más rápido que pudo, aunque su pierna protestaba con cada paso.
El campus era hermoso de una forma cruel.
Torres antiguas cubiertas de enredaderas.
Ventanas altas.
Fuentes de mármol.
Banderas negras con el emblema de la manada Blackthorne ondeando sobre los edificios.
Un lobo plateado.
Una corona.
Una luna partida.
El símbolo de Ragnar Blackthorne.
Aila no necesitaba verlo en persona para saber quién era.
Su rostro estaba en pancartas, anuncios, retratos y pantallas mágicas repartidas por toda la universidad.
Ragnar Blackthorne.
Futuro Rey Alfa.
Dueño del territorio.
Soltero.
Codiciado.
Peligroso.
Hermoso de una manera que parecía injusta.
Aila lo había visto cientos de veces en imágenes.
Nunca de cerca.
Nunca directamente.
Y aun así, cada vez que pasaba frente a una de sus fotografías, algo estúpido le ocurría en el pecho.
Como si el corazón no entendiera de jerarquías.
Como si no supiera que una humana como ella no tenía derecho ni siquiera a mirarlo demasiado.
Mucho menos a imaginarlo.
Aila bajó la vista antes de cruzar frente al gran mural del edificio central.
Era ridículo.
Lo sabía.
Un enamoramiento absurdo.
Imposible.
Casi humillante.
Ragnar Blackthorne jamás sabría su nombre.
Y si algún día lo sabía, probablemente sería porque alguien tendría que explicarle por qué una humana coja estaba estorbando en su camino.
—¡Muévete!
El empujón llegó antes que la voz.
Aila cayó contra la pared.
El golpe le sacó el aire.
Un grupo de lobos pasó a su lado sin detenerse.
No eran alumnos comunes.
Eran parte del círculo cercano del alfa.
Caminaban como si el mundo tuviera que abrirse para ellos.
Y el mundo se abría.
Todos se apartaban.
Todos inclinaban la cabeza.
Aila también lo hizo.
Aunque ya estaba contra la pared.
Aunque le dolía el hombro.
Aunque nadie la había mirado siquiera.
Los lobos pasaron riendo.
Uno de ellos lanzó una mirada rápida hacia ella.
—Humanos —dijo con desprecio—. Siempre en el medio.
Aila esperó hasta que se alejaron.
Solo entonces respiró.
Se acomodó los lentes.
Revisó que sus libros no hubieran caído al suelo.
Y siguió caminando.
Llegó tarde a clase.
El profesor no preguntó por qué.
Solo la miró por encima de sus gafas y señaló el fondo del aula.