CAPÍTULO 2 La Carta
Aila permaneció inmóvil durante varios minutos.
El sobre seguía entre sus manos.
Su nombre seguía allí.
Escrito con aquella caligrafía elegante que habría reconocido en cualquier lugar.
La letra de su abuela.
La única persona que jamás la había mirado con desprecio.
La única persona que jamás le pidió que fuera diferente.
La única persona que la había amado sin condiciones.
Sus ojos comenzaron a arder.
—No hagas esto... —susurró.
Como si la carta pudiera escucharla.
Como si abrirla fuera a romper algo.
O a confirmar algo que no estaba preparada para aceptar.
La vela volvió a titilar.
El viento golpeó una de las ventanas cubiertas con plástico.
La casa crujió.
Era una casa vieja.
Muy vieja.
A veces parecía que respiraba.
A veces parecía que lloraba.
Y otras veces...
Parecía que extrañaba a su abuela tanto como ella.
Aila se sentó lentamente en una de las sillas de la cocina.
La madera protestó bajo su peso.
Sobre la mesa había cuentas sin pagar.
Un cuaderno de gastos.
Dos velas gastadas.
Y una taza con una grieta que había pertenecido a su abuela.
Todo parecía estar sobreviviendo.
Igual que ella.
Nada estaba realmente bien.
Solo seguían adelante.
Tomó aire.
Y rompió el sello.
Dentro había una sola hoja doblada.
Nada más.
Ni fotografías.
Ni documentos.
Ni joyas escondidas.
Solo una carta.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
Desplegó el papel.
Y comenzó a leer.
"Aila.
Si estás leyendo esto significa que ya no estoy contigo."
Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
Maldita sea.
Incluso muerta seguía sabiendo exactamente qué decir.
Aila sonrió entre lágrimas.
Continuó leyendo.
"No quiero que estés triste.
Y sé que ahora mismo estás poniendo esa cara testaruda que haces cuando quieres ser fuerte."
Una risa rota escapó de sus labios.
Porque tenía razón.
Por supuesto que tenía razón.
Su abuela siempre tenía razón.
Siguió leyendo.
"Si las cosas salieron como esperaba, ahora tienes veinticinco años.
Y sigues trabajando demasiado."
Aila bajó la vista.
La emoción le cerró la garganta.
Era absurdo.
Aquella carta parecía estar viva.
Como si la mujer la hubiera escrito esa misma mañana.
Como si estuviera sentada frente a ella.
Como si nunca hubiera muerto.
Entonces llegó a una frase diferente.
Una frase que hizo desaparecer la sonrisa.
"Hay algo que te oculté."
Aila parpadeó.
Volvió a leerla.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Hay algo que te oculté.
Su abuela nunca le ocultaba nada.
Nunca.
O al menos eso creía.
La silla crujió cuando se inclinó hacia adelante.
Continuó leyendo.
"No me arrepiento de haberlo hecho.
Lo hice porque te amaba.
Y porque era la única forma de mantenerte a salvo."
Un escalofrío recorrió su espalda.
La lluvia golpeó la ventana.
Más fuerte.
La vela parpadeó otra vez.
Algo no estaba bien.
Lo sentía.
No sabía explicar por qué.
Pero lo sentía.
Sus ojos bajaron a la siguiente línea.
Y su respiración se congeló.
"Hay personas que podrían acercarse a ti."
Aila frunció el ceño.
¿Qué significaba eso?
Siguió leyendo.
"Algunas parecerán amables.
Otras parecerán peligrosas.
Y algunas serán ambas cosas."
El corazón comenzó a latirle más rápido.
Aquello ya no sonaba como una despedida.
Sonaba como una advertencia.
Una advertencia que alguien había preparado años atrás.
Mucho antes de morir.
Las siguientes líneas estaban manchadas.
Como si el tiempo hubiera borrado parte de la tinta.
Aila intentó descifrarlas.
Pero apenas podía leer algunas palabras.
"Confíes..."
"...observan..."
"...desde hace mucho tiempo..."
"...no estás sola..."
Frunció el ceño.
¿Qué significaba eso?
La carta continuaba.
Pero justo cuando iba a seguir leyendo...
Escuchó un golpe.
Toc.
Aila levantó la cabeza.
Silencio.
Miró hacia la ventana.
Nada.
Probablemente una rama.
Volvió a la carta.
Toc.
Esta vez el sonido fue más fuerte.
Más claro.
Más cercano.
Su corazón dio un salto.
La casa estaba aislada.
Nadie la visitaba.
Nadie.
Nunca.
Se levantó lentamente.
Su pierna protestó.
Pero caminó hacia la ventana.
Apartó apenas un poco la cortina.
Y miró hacia afuera.
La calle estaba vacía.
Oscura.
Mojada por la lluvia.
No había nadie.
Absolutamente nadie.
Aila soltó el aire.
—Estoy cansada —murmuró.
Volvió hacia la mesa.
Pero antes de sentarse...
Tuvo la extraña sensación de que alguien acababa de moverse al otro lado de la calle.
Muy lejos.
Entre las sombras.
Observando la casa.
Observándola a ella.
Cuando volvió a mirar...
Ya no había nada.
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Holiss bienvenids a mi mundo, soy Narelle ☺️, estoy muy emocionada de compartir este pedacito de mi corazón, me gustaría saber si les está gustando mi historia, y desde donde nos leen, besitos. 🐢🌸