Es Navidad, pero la casa no lo sabe.
Las luces permanecen encendidas por costumbre, no por celebración. El árbol está ahí, inmóvil, como un testigo que no entiende nada. Afuera estallan los fuegos artificiales: el cielo se rompe una y otra vez mientras adentro todo permanece intacto, detenido, esperando algo que no va a volver por la puerta.
Mi hija no está.
No lo digo en voz alta. Decirlo sería fijarlo en el aire, volverlo real, permitirle asentarse. Prefiero pensar que el ruido de afuera es suyo, que en algún lugar escucha lo mismo, que levanta la vista justo cuando el cielo se ilumina y recuerda esta casa.
Cada explosión es un recordatorio de lo que falta.
El mundo celebra.
Yo cuento segundos.
Hay platos que no se sirvieron. Una silla que nadie ocupó. Un regalo que no tiene manos. La ausencia se sienta con nosotros y nadie más parece notarla. Me pregunto en qué momento una casa aprende a guardar silencio sin que nadie se lo ordene.
La llamé antes de que oscureciera. Después. Muchas veces. El teléfono devolvió siempre la misma respuesta: nada. Ese vacío mecánico que no se cansa de repetirse. Afuera, alguien grita de alegría. El contraste es obsceno.
No hay presagio en la Navidad, solo costumbre.
Y la costumbre es una forma de fe.
Escucho risas filtrarse por las paredes, villancicos desafinados, copas chocando. Yo escucho otra cosa: la respiración de la casa, lenta, contenida, como si también tuviera miedo de hacer ruido y que ella no lo escuche regresar.
Empiezo a recordar detalles inútiles. La última vez que acomodó el cabello frente al espejo. El tono de su voz cuando dijo que no tardaría. Las cosas pequeñas regresan con violencia porque lo grande no responde.
No sé todavía qué nombre darle a esta noche.
No sé si es espera, pérdida o advertencia.
Solo sé que afuera el cielo se incendia para celebrar algo que no comprendo, y aquí dentro aprendo, por primera vez, que el amor también puede ser una vigilia interminable.
Si no vuelve esta noche, me digo, mañana empezaré a buscar.
Si no vuelve, repetiré su nombre hasta que alguien lo escuche.
Si no vuelve, no dejaré que el ruido del mundo la borre.
Los fuegos artificiales vuelven a estallar.
Cierro los ojos.
No pido milagros.
Pido memoria.
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Editado: 06.02.2026