La Ciudad Que Calla

CAPITULO I

Capítulo Uno

Donde el tiempo deja de servir

Grayhaven, Estados Unidos

48 horas después de la desaparición

La ciudad no se detuvo por ella.

En Grayhaven, el tráfico siguió su curso, las vitrinas se encendieron al caer la tarde y los periódicos hablaron de cualquier cosa menos de una mujer que no regresó a casa. Cuarenta y ocho horas no eran una urgencia: eran una estadística en formación.

La estación de policía olía a desinfectante barato y café recalentado. Las luces fluorescentes no iluminaban, vigilaban. En una de las oficinas del fondo, Naomi Reed esperaba sentada frente a un escritorio metálico, con la espalda recta y las manos demasiado quietas para alguien que llevaba dos noches sin dormir.

—Diga su nombre completo —ordenó el detective sin mirarla.

—Naomi Reed —-Su voz sonó ajena, como si perteneciera a otra mujer que todavía tenía control sobre su respiración. El detective escribió despacio, cometió un error mínimo y no lo corrigió.

—Relación con la desaparecida.

—Amiga.

—¿Desde cuándo?

—Ocho años.

El bolígrafo golpeó el papel una vez.

—Última vez que la vio.

Naomi tragó saliva.

—El viernes. Salimos juntas del edificio donde trabajamos.

—Hora.

—Cinco y cuarenta y cinco.

—¿Destino?

—Cada una iba a su casa.

El detective alzó la vista por primera vez.

—¿Y llegó?

La pregunta no era cruel. Era burocrática.

—No.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio entrenado.

—¿La señorita Cross manifestó intención de ausentarse? —continuó— ¿Problemas emocionales? ¿Conflictos personales?

Elena no huía.
Elena documentaba.

—No —respondió Naomi—. Tenía planes.

—¿Qué tipo de planes?

Naomi dudó apenas un segundo.

—De largo plazo.

El detective marcó una casilla invisible.

—¿Pareja sentimental?

—No.

—¿Consumo de sustancias?

—No.

—¿Lugares de riesgo?

Naomi levantó la mirada.

—Trabajaba con archivos públicos —dijo—. Si eso es un riesgo, entonces sí.

El detective no reaccionó.

—Explíquese.

—Registros municipales. Contratos. Listas.

—¿Listas de qué?

Naomi sintió cómo el aire se volvía más espeso.

—De personas.

El bolígrafo se detuvo.

—¿Qué personas?

—Personas que ya no están —dijo Naomi—. Personas que dejan de figurar.

El detective la observó con un interés tardío.

—¿Está diciendo que la señorita Cross investigaba algo?

Naomi pensó en Elena bajando la voz, duplicando archivos, guardando copias donde no correspondía. Pensó en el miedo preciso, sin dramatismo.

—No oficialmente.

El detective cerró la carpeta con un gesto definitivo.

—Mire, señorita Reed, en la mayoría de los casos como este, la persona reaparece. Se trata de ausencias voluntarias, conflictos no declarados, decisiones impulsivas. Grayhaven es una ciudad grande. La gente se pierde.

—Elena no se perdió —dijo Naomi—. A Elena la sacaron del camino.

El detective suspiró. No de cansancio: de costumbre.

—Si recuerda algo más, puede comunicarse con nosotros.

Naomi se levantó. Al pasar frente a un tablero cubierto de fotografías, se detuvo un segundo. Rostros. Fechas. Nombres escritos con la misma tipografía. Algunos tachados. Otros no.

—¿Cuántas horas tiene que pasar alguien desaparecido para que ustedes empiecen a buscarlo? —preguntó sin girarse.

—Las que sean necesarias —respondió el detective.

Naomi entendió.

Afuera, Grayhaven seguía intacta. El cielo estaba limpio. Nadie miraba hacia arriba.

Cuarenta y ocho horas después de la desaparición de Elena Cross, la ciudad ya había aprendido a no pronunciar su nombre.

Y eso —Naomi lo supo al cruzar la puerta— era parte del problema.

Naomi salió de la comisaría con el cuerpo tenso, como si hubiera aprendido a caminar sin ocupar espacio. El aire frío de Grayhaven le golpeó la cara con una indiferencia casi educada. Cerró los ojos un segundo. No para calmarse, sino para no decir algo que no pudiera retirar después.

El estacionamiento estaba medio vacío. Los autos alineados parecían esperar órdenes. El suyo estaba al fondo, donde la luz no alcanzaba del todo.

Abrió la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¿Y? —preguntó Evan, sin mirarla, apenas ella se sentó.

Naomi cerró la puerta de un golpe seco. El sonido quedó flotando unos segundos dentro del vehículo.

—Nada —dijo—. Absolutamente nada.

Evan giró la cabeza hacia ella. Tenía las manos sobre el volante, inmóviles, como si el auto fuera a arrancar solo.

—¿Tomaron la denuncia?

—La archivaron —corrigió Naomi—. No es lo mismo.

Se quitó el abrigo con un movimiento torpe y lo dejó caer en el asiento trasero. Sentía las palabras acumulándosele en la garganta, empujando unas contra otras.

—Hicieron las mismas preguntas de siempre —continuó—. Si tenía pareja. Si bebía. Si se había ido por voluntad propia. Como si Elena fuera una posibilidad, no una persona.

Evan apretó la mandíbula.

—¿Mencionaste el trabajo?

—Lo justo —dijo Naomi—. Lo suficiente para que fingieran interés. No tanto como para que empiecen a preguntar de verdad.

Hubo un silencio breve. Afuera, alguien encendió un motor. El mundo seguía su ritmo habitual.

—La búsqueda es esta noche —dijo Evan al fin—. En Riverside Park. La ciudad la está organizando.

Naomi soltó una risa corta, sin humor.

—¿La ciudad? —repitió—. ¿La misma ciudad que no puede escribir bien su nombre en un formulario?

—Es voluntaria —añadió Evan—. Vecinos. Amigos. Algunos estudiantes del archivo.

Naomi miró por el parabrisas. El cielo estaba bajo, gris, como si pesara.

—Van a buscarla donde es visible —dijo—. Donde se ve bien en las fotos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.