La cláusula del odio

Prólogo

El día que Irene Salvatierra entró a la oficina de Adrián Blackstone, no sintió miedo.

Sintió algo peor.
Reconocimiento.

No porque lo conociera personalmente, sino porque había visto su nombre impreso en el documento que cambió su vida. Una firma elegante. Fría. Definitiva.

Adrián levantó la vista apenas unos segundos. Los suficientes para decidir que ella era un error que no había autorizado.

—No era a usted a quien esperaba —dijo él, con voz controlada.

Irene sostuvo la mirada.

—Créame —respondió—, el sentimiento es mutuo.

En ese instante, ninguno de los dos sabía que estaban a punto de firmar el contrato más peligroso de sus vidas.
Uno donde el odio sería la cláusula principal…
y el amor, la penalización final.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.