El error no fue entrar a ese edificio.
El error fue creer que podía salir ilesa.
Irene Salvatierra se detuvo frente a las puertas de cristal de Blackstone Corp con el corazón latiéndole en un ritmo incómodamente rápido. No era miedo. Era algo más denso. Una mezcla de orgullo herido y una necesidad que no le dejaba margen para arrepentirse.
Ajustó el blazer oscuro, respiró hondo y cruzó.
El lobby era exactamente como lo había imaginado: frío, impecable, silencioso. Mármol gris, acero, cristal. Un lugar diseñado para recordarle a cualquiera quién tenía el poder. Y quién no.
—¿Nombre? —preguntó la recepcionista sin levantar la vista.
—Irene Salvatierra. —pronunció cada sílaba con firmeza—. Tengo una cita en Recursos Humanos.
La mujer tecleó algo, frunció apenas el ceño y luego asintió.
—Piso treinta y dos. Oficina del… —hizo una pausa— del señor Blackstone.
Irene alzó la mirada.
—¿Perdón?
—El CEO —añadió la recepcionista, como si fuera lo más normal del mundo—. El ascensor del fondo.
No.
Eso no estaba en el plan.
Irene abrió la boca para corregirla, pero algo —una intuición antigua, peligrosa— la detuvo. Tomó la tarjeta que le ofrecían y caminó hacia el ascensor sin decir una palabra.
Treinta y dos pisos después, ya no había vuelta atrás.
Las puertas se abrieron a un piso silencioso, amplio, con ventanales que ofrecían una vista dominante de la ciudad. La asistente del CEO la esperaba.
—Llegas tarde —dijo, sin dureza, pero sin amabilidad.
—Me indicaron mal —respondió Irene.
La mujer la observó con atención, como si midiera algo invisible, y luego señaló una puerta de vidrio esmerilado.
—Pasa. Está esperándote.
Eso tampoco estaba en el plan.
Irene dio dos pasos y se detuvo.
—¿Está seguro de que…?
—Entra —repitió la asistente—. Y cierra.
El clic de la puerta al cerrarse fue definitivo.
Adrián Blackstone estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con una carpeta en la mano. Traje oscuro, postura perfecta, presencia absoluta. No necesitó girarse para que Irene sintiera el peso de su autoridad.
—No era a usted a quien esperaba —dijo él, con una voz profunda, controlada, sin rastro de sorpresa.
Irene apretó los dedos alrededor del currículum que llevaba en la mano.
—Entonces estamos en igualdad de condiciones.
Adrián se giró lentamente.
Sus ojos eran grises. Fríos. Analíticos. La recorrieron sin pudor, sin prisa, como si ella fuera un problema que debía resolverse.
—¿Sabe dónde está? —preguntó.
—En una empresa que se precia de su eficiencia —respondió Irene—. Aunque empiezo a dudarlo.
Un silencio tenso se extendió entre ambos.
Adrián dejó la carpeta sobre el escritorio y cruzó los brazos.
—Mi tiempo es limitado.
—El mío también —replicó ella, sin bajar la mirada—. Vine por una entrevista. No por una lección de jerarquía.
Algo brilló en los ojos de él. No enojo. Interés. Y eso fue peor.
—¿Nombre?
—Irene Salvatierra.
El apellido no le dijo nada.
A ella, en cambio, Blackstone le quemó por dentro.
Adrián abrió la carpeta, hojeó los documentos y frunció el ceño.
—Esto no debería estar aquí.
—Eso ya me lo dijeron —contestó Irene—. Dos veces.
Él alzó la vista.
—¿Sabe lo que implica estar en esta oficina?
—Sí —respondió ella—. Que alguien cometió un error.
Adrián sonrió apenas. Una sonrisa peligrosa.
—Tiene razón. Y los errores aquí se corrigen rápido.
Tomó un bolígrafo, firmó un documento sin apartar la mirada de ella y empujó el papel sobre el escritorio.
—Siéntese.
Irene lo observó.
—¿Qué es esto?
—Una cláusula provisional —dijo—. Hasta que resolvamos su… presencia indebida.
Irene leyó la primera línea y sintió que algo se cerraba a su alrededor.
—Esto es un contrato —susurró.
—Temporal —aclaró Adrián—. Obligatorio.
Ella alzó la mirada, desafiante.
—No pienso firmar algo que no entiendo.
—Entonces no debería haber cruzado esa puerta.
El silencio volvió a tensarse.
Irene pensó en todo lo que había perdido. En la firma que había cambiado su vida años atrás. En el apellido que ahora tenía frente a ella.
Tomó el bolígrafo.
—Esto es un error —dijo.
—Probablemente —admitió Adrián.
Aun así, ambos firmaron.
Ninguno de los dos sabía que acababan de sellar el inicio de una guerra.
Ni que ese papel, aparentemente inofensivo, era la primera cláusula de un odio que pronto exigiría algo más que orgullo.
Y que el amor, cuando llegara, sería el precio más alto.