Adrián Blackstone no creía en las coincidencias.
Creía en los errores humanos… y en corregirlos.
Cerró la carpeta con un gesto seco en cuanto Irene salió de la oficina. El eco de sus pasos aún parecía flotar en el aire, como una provocación innecesaria. Se acercó al ventanal y apoyó una mano sobre el cristal frío, observando la ciudad que se extendía a sus pies.
Todo lo que veía le pertenecía de algún modo.
Empresas. Decisiones. Destinos.
Y, sin embargo, aquella mujer había logrado algo que casi nadie conseguía: sacarlo de su eje.
—¿Quién autorizó esto? —preguntó sin girarse.
La asistente entró con cautela.
—Recursos Humanos. Hubo una confusión con los contratos temporales.
—Aquí no hay confusiones —respondió Adrián—. Hay incompetencia.
Ella tragó saliva.
—¿Desea que la retire del edificio?
Adrián pensó en los ojos de Irene. En su tono firme. En la manera en que no había bajado la mirada ni un solo segundo.
—No —dijo al fin—. No todavía.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Adrián se permitió exhalar con fuerza. Tomó el contrato que habían firmado y lo leyó con atención. Era un documento estándar, una solución rápida a un problema menor. Y, sin embargo, algo en esa firma —en esa caligrafía firme, sin adornos— le resultaba inquietante.
Irene Salvatierra no parecía una mujer desesperada.
Parecía… preparada.
Eso lo irritaba.
Irene fue escoltada hasta una oficina provisional en el ala este del piso treinta y dos. No era grande, pero tenía un escritorio impecable y una silla que parecía diseñada para obligar a quien se sentara en ella a recordar su lugar.
Perfecto.
Le venía bien ese recordatorio.
Cerró la puerta tras de sí y apoyó la frente unos segundos contra la madera. No estaba temblando. No iba a hacerlo. Había aprendido hacía tiempo que mostrar debilidad frente a hombres como Adrián Blackstone era una sentencia.
Apretó el contrato entre los dedos.
El apellido volvió a atravesarla como un golpe bajo.
Blackstone.
La misma firma.
El mismo trazo elegante y cruel.
Años atrás, ese nombre había significado ruina. Ahora, poder absoluto.
—Tranquila —se dijo en voz baja—. Esto es solo temporal.
Pero incluso mientras lo decía, supo que se estaba mintiendo.
Adrián apareció en la puerta exactamente a las once en punto.
Irene alzó la vista de la pantalla cuando sintió su presencia, sin necesidad de que hablara. Él no tocó. No pidió permiso. Simplemente entró.
—Sígame —ordenó.
—Buenos días para usted también —respondió ella, poniéndose de pie.
Adrián la miró con frialdad.
—Aquí no estamos para cortesías.
—Entonces coincidimos —replicó Irene—. Yo tampoco.
Caminaron juntos por el pasillo en silencio. Él iba delante, marcando el ritmo, esperando —quizás— que ella se quedara atrás. Irene no lo hizo. Ajustó el paso hasta igualarlo.
Eso no pasó desapercibido.
—¿Siempre desafía a sus superiores? —preguntó él, sin mirarla.
—Solo a los que creen que el respeto se impone —respondió ella—. Yo prefiero ganarlo.
Adrián se detuvo de golpe. Irene casi chocó con él.
—Este edificio lleva mi apellido —dijo, girándose lentamente—. Y mi apellido no se cuestiona.
Irene sostuvo su mirada.
—Entonces debería cuidarlo mejor.
El silencio que siguió fue espeso.
Peligroso.
Adrián sonrió. No era una sonrisa amable. Era la de un hombre que acababa de encontrar un obstáculo interesante.
—Aprenda algo, señorita Salvatierra —dijo con voz baja—. Yo no soy el villano de su historia.
Irene inclinó apenas la cabeza.
—Todavía no.
Por primera vez en años, Adrián Blackstone sintió algo que no pudo clasificar como control, poder o ventaja.
Curiosidad.
Y eso, en su mundo, era una debilidad imperdonable.
Mientras retomaban el camino, ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pero ambos lo sabían:
ya no se trataba de un error administrativo.
Se trataba de dos voluntades chocando.
De un apellido que escondía más de lo que mostraba.
Y de una guerra que acababa de cambiar de forma.
El contrato estaba firmado.
Ahora venía lo verdaderamente peligroso: conocerse.