La oficina no era grande, pero era un error.
Irene lo supo en cuanto cruzó el umbral. No por el tamaño del espacio, ni por la vista parcial de la ciudad que se colaba por el ventanal lateral, sino por el silencio. Un silencio distinto al del resto del piso. Más denso. Más vigilante.
—Este será su lugar —dijo Adrián, señalando el escritorio sin emoción.
Irene miró alrededor con calma calculada. No preguntó cuánto tiempo estaría allí. No preguntó por qué esa oficina estaba vacía. Las respuestas solían esconderse mejor cuando nadie las pedía.
—Pensé que esto era provisional —comentó.
—Lo es —respondió él—. Todo lo que no controlo lo es.
Ella alzó una ceja.
—Entonces debe vivir en permanente provisionalidad.
Adrián la observó de reojo.
—Debe ser agotador trabajar con alguien como yo.
—Debe serlo —admitió Irene—. Aún no lo sé.
El aire se tensó de nuevo. Adrián dio un paso hacia el interior de la oficina y cerró la puerta con un gesto lento, deliberado.
Demasiado cerca.
—Escúcheme bien —dijo—. Esta oficina estaba destinada a alguien más. Alguien que ya no trabaja aquí.
Irene apoyó las manos sobre el escritorio, sin sentarse.
—¿Debería preocuparme?
—Debería entender —corrigió él—. No está aquí porque lo merezca.
—Nadie está donde está solo por mérito —replicó ella—. Algunos están por apellido.
El golpe fue limpio. Preciso.
Adrián se quedó inmóvil por un segundo. Luego sonrió, esa sonrisa peligrosa que no alcanzaba a sus ojos.
—Cuidado, señorita Salvatierra. Está pisando terreno que no conoce.
—Al contrario —respondió ella—. Llevo años caminándolo.
Él la estudió con atención. No como jefe. Como estratega. Irene lo sintió y no retrocedió.
—Tendrá acceso limitado —continuó Adrián—. Confidencialidad absoluta. Nada de decisiones. Nada de protagonismos.
—¿Y qué se supone que haga? —preguntó ella.
—Observe —dijo él—. Aprenda. Y no cometa errores.
Irene soltó una risa breve, sin humor.
—Curioso. Yo diría que estoy aquí por uno.
Adrián inclinó la cabeza apenas.
—Exacto.
Salió de la oficina sin mirar atrás, dejándola sola con una computadora encendida y una contraseña temporal pegada en un papel.
Irene cerró los ojos un segundo. Respiró. Luego se sentó.
En cuanto tocó el teclado, la pantalla se iluminó con archivos abiertos. Demasiados. Informes, correos, documentos marcados como confidencial.
No era un puesto provisional.
Era una prueba.
O una trampa.
Irene deslizó el cursor con cuidado, leyendo nombres, fechas, cifras que le resultaban inquietantemente familiares. Su pulso no se aceleró. No aún. Pero algo en su pecho comenzó a apretarse.
Ese archivo no debería estar ahí.
Ese proyecto…
esa decisión…
esa firma…
El apellido Blackstone volvió a aparecer, elegante y definitivo.
—Claro —susurró—. Ahora lo entiendo.
Cerró el documento de inmediato y se reclinó en la silla. Aquella oficina no debía ocuparla porque no era para alguien como ella.
Era para alguien que no hiciera preguntas.
Irene sonrió, lenta, peligrosa.
Había entrado por error.
Pero quedarse…
eso ya era una decisión.
Y Adrián Blackstone acababa de cometer uno de los suyos:
subestimar a la mujer que trabajaba a pocos metros de su despacho.