El primer enfrentamiento no ocurrió en una sala de juntas.
Ocurrió porque Irene hizo una pregunta.
—¿Quién autorizó este ajuste?
La voz no tembló. No pidió permiso. No sonó suave.
Sonó peligrosa.
La reunión se detuvo como si alguien hubiera cortado el aire. Doce personas alrededor de la mesa ovalada giraron la cabeza hacia ella al mismo tiempo. Algunos con sorpresa. Otros con abierta incomodidad.
Adrián Blackstone alzó la vista lentamente desde la cabecera.
—Repita —ordenó.
Irene sostuvo su mirada sin pestañear.
—El ajuste presupuestario del proyecto Atlas. —tocó la pantalla frente a ella—. Reduce personal clave y compromete plazos. Alguien lo aprobó sin evaluar el impacto real.
El silencio se volvió incómodo. Mortal.
—Eso no es de su incumbencia —respondió Adrián con frialdad—. Usted está aquí para observar, no para opinar.
—Observar errores no los corrige —replicó ella—. Solo los vuelve inevitables.
Un murmullo nervioso recorrió la sala. Nadie hablaba así delante de él. Nadie.
Adrián entrecerró los ojos.
—¿Está cuestionando una decisión ejecutiva?
—Estoy señalando una falla —dijo Irene—. Hay una diferencia.
Él apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante. Su voz bajó un tono, peligrosa.
—Usted no tiene autoridad en esta sala.
Irene se puso de pie despacio. Demasiado despacio.
—Entonces quizá no debería tener acceso a esta información.
Un golpe seco de poder.
Adrián sonrió. No por diversión. Por advertencia.
—Cuidado —dijo—. Está cruzando una línea.
—No —respondió ella—. La línea la cruzaron cuando tomaron decisiones sin medir consecuencias humanas.
Algunos bajaron la mirada. Otros fingieron revisar documentos. Nadie intervino.
Adrián se enderezó.
—La reunión terminó.
Las sillas se movieron con rapidez. Nadie se atrevió a mirar a Irene al salir. Nadie excepto él.
—Usted —dijo—. Quédese.
La puerta se cerró tras el último ejecutivo con un sonido definitivo.
Adrián caminó despacio alrededor de la mesa, rodeándola como un depredador paciente.
—¿Quién se cree que es? —preguntó.
—Alguien que lee lo que otros firman sin mirar —respondió ella.
—Yo firmo cada decisión que tomo.
—Entonces asuma las consecuencias —dijo Irene—. Porque ese proyecto va a fracasar.
Él se detuvo frente a ella. Demasiado cerca.
—Aquí no se fracasa.
—Aquí se tapa —corrigió—. No es lo mismo.
El aire se cargó de electricidad. Adrián bajó la voz.
—Una advertencia más así y su contrato provisional deja de existir.
Irene alzó la barbilla.
—Entonces despídame.
Un segundo.
Dos.
Adrián no lo hizo.
Porque por primera vez alguien no estaba pidiendo quedarse.
Estaba retándolo a echarla.
—No —dijo finalmente—. No todavía.
Irene exhaló despacio.
—Entonces aprenda a escuchar.
Adrián dio un paso atrás, recuperando la distancia, pero no el control completo.
—Salga —ordenó.
Irene tomó su tablet, caminó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte.
—Por cierto —añadió sin girarse—. El error del proyecto Atlas… también lleva su apellido.
La puerta se cerró.
Adrián se quedó solo en la sala de juntas, con el eco de esas palabras golpeándole el pecho.
Primer enfrentamiento.
Primera grieta.
Y ninguno de los dos estaba dispuesto a retroceder.