En Blackstone Corp no hacía falta que nadie te explicara las reglas.
Se aprendían observando.
Irene lo notó desde el primer día: las miradas que se desviaban cuando Adrián cruzaba un pasillo, los silencios que se extendían apenas él entraba en una sala, la forma en que todos parecían medir cada palabra antes de pronunciarla.
No se hablaba de su pasado.
No se cuestionaban sus decisiones.
Y jamás, bajo ninguna circunstancia, se le contradecía en público.
Ella ya había roto al menos dos de esas normas.
—Te estás metiendo en problemas —le advirtió una voz baja detrás de ella.
Irene alzó la vista de la pantalla y se encontró con Marcos, uno de los analistas senior. Tenía ojeras profundas y una expresión cansada.
—¿Eso no es parte del contrato? —respondió ella.
Él miró alrededor antes de acercarse un poco más.
—Aquí hay cosas que no figuran en ningún documento.
—Siempre las hay.
Marcos suspiró.
—Regla número uno: no llames la atención del CEO si no quieres que te destruya.
Irene cerró el archivo con calma.
—Tarde.
—Regla número dos —continuó él—: si el señor Blackstone te observa más de lo necesario, no es interés. Es cálculo.
Eso sí la hizo tensarse.
—¿Y la regla número tres? —preguntó.
Marcos dudó.
—Nunca ocupes un lugar que no fue hecho para ti.
Irene sostuvo su mirada unos segundos más de la cuenta.
—Gracias por la advertencia.
Él asintió, incómodo, y se marchó.
Irene se quedó sola, mirando el reflejo de su rostro en la pantalla apagada. No parecía asustada. Pero estaba alerta. Muy alerta.
Adrián Blackstone no necesitaba reglas escritas porque él era la regla.
Desde su oficina, observaba el piso a través del cristal. Sabía quién trabajaba, quién fallaba, quién obedecía. Y ahora, quién se atrevía a incomodarlo.
Irene Salvatierra no seguía el patrón. No buscaba aprobación. No bajaba la voz. No sonreía para agradar.
Era un problema.
—¿La revisaron? —preguntó sin apartar la vista.
—Sí, señor —respondió su asistente—. Expediente limpio. Demasiado limpio.
Adrián giró lentamente.
—Explíquese.
—No hay vacíos… ni excesos. Es competente. No ambiciosa. No desesperada.
Adrián frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
La asistente dudó.
—No lo sabemos.
Eso no le gustó.
—Quiero que me informen cada movimiento —ordenó—. Reuniones, accesos, archivos.
—¿Todo? —preguntó ella.
—Todo —repitió Adrián.
Cuando quedó solo, se apoyó en el escritorio y cerró los ojos un instante. No era desconfianza. Era instinto.
Y su instinto le decía que Irene no estaba allí por error.
O no solamente.
Esa tarde, Irene encontró un correo en su bandeja de entrada.
Asunto: Protocolo interno
Remitente: Adrián Blackstone
Lo abrió.
“A partir de hoy, cualquier consulta deberá pasar primero por mí.
No intervenga en reuniones sin autorización expresa.
No acceda a archivos fuera de su asignación.
Esto no es negociable.”
Irene leyó el mensaje dos veces. Luego sonrió.
Respondió con una sola línea:
“Las reglas claras evitan errores.
Gracias por aclararlas.”
Adrián leyó la respuesta segundos después.
Y por primera vez, desde que había firmado aquel contrato, entendió algo con inquietante claridad:
Irene Salvatierra no estaba aprendiendo las reglas no escritas.
Las estaba redefiniendo.
Y eso, en su mundo, solo podía terminar de dos formas:
o la destruía…
o perdía el control intentando hacerlo.