Irene no volvió a abrir el archivo esa tarde.
No porque no quisiera, sino porque sabía que hacerlo de nuevo sería cruzar un punto sin retorno.
El nombre del proyecto seguía grabado en su mente como una cicatriz mal cerrada: Atlas.
Demasiado grande para fallar.
Demasiado importante para ser tratado como una línea más en un presupuesto.
Cerró la laptop cuando el reloj marcó las siete y media. El piso estaba casi vacío. Blackstone Corp no dormía, pero fingía hacerlo con elegancia.
Tomó su bolso y se dirigió al ascensor. Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando una mano firme las detuvo.
Adrián entró sin mirarla.
El espacio se volvió estrecho.
Demasiado silencioso.
—Trabaja hasta tarde —dijo él, sin inflexión.
—Trabajo lo necesario —respondió Irene.
El ascensor descendió con lentitud. Treinta y dos pisos parecían demasiados cuando el aire se tensaba así.
—¿Leyó el protocolo? —preguntó Adrián.
—Sí.
—¿Y decidió ignorarlo?
Irene lo miró por primera vez.
—Decidí entenderlo.
Él giró la cabeza apenas.
—Eso no es lo que le pedí.
—No me pidió nada —corrigió ella—. Me ordenó.
El ascensor se detuvo en seco entre pisos.
La luz de emergencia se encendió con un parpadeo incómodo.
—Genial —murmuró Irene.
Adrián no reaccionó de inmediato. Luego presionó el botón de comunicación. Nada.
—Falló el sistema —dijo—. Nos sacarán en unos minutos.
El silencio volvió a caer. Más pesado que antes.
Irene apoyó la espalda contra la pared metálica.
—Supongo que ahora sí tengo su atención.
—Siempre la tuvo —respondió él—. Solo no como usted cree.
Ella soltó una risa breve.
—Entonces hablemos claro.
Adrián la miró con frialdad contenida.
—Hable.
—El proyecto Atlas —dijo Irene—. ¿Lo recuerda?
Él no respondió de inmediato. Pero su mandíbula se tensó.
—Claro que lo recuerdo.
—Fue aprobado hace seis años —continuó ella—. Reestructuración, recortes, externalización. Un “ajuste necesario”.
—Era una decisión estratégica.
—Fue un desastre humano —corrigió ella.
El ascensor seguía inmóvil. El mundo reducido a cuatro paredes.
—¿Por qué le importa tanto? —preguntó Adrián.
Irene lo miró fijamente.
—Porque mi nombre estaba en la lista.
El silencio que siguió fue distinto.
No tenso.
Pesado.
—¿Usted…? —empezó él.
—Mi padre —lo interrumpió—. Ingeniero senior. Treinta años de carrera. Despedido con una compensación ridícula y una cláusula de silencio.
Adrián bajó la mirada por primera vez desde que la conocía.
—Murió ocho meses después —añadió ella—. Infarto. Estrés, dijeron. Yo tenía veintidós años.
El ascensor seguía detenido. Como si incluso la tecnología se negara a avanzar.
—Lo siento —dijo Adrián, y no sonó vacío.
—No —respondió Irene—. No lo siente. No puede. Para usted fue un archivo más. Una firma elegante al final de una página.
Adrián apretó los puños.
—Yo no sabía.
—Nunca lo saben —dijo ella—. Ese es el problema.
Las luces parpadearon. El ascensor volvió a moverse lentamente.
—Entonces este es su juego —dijo él—. Entrar aquí para vengarse.
Irene negó con la cabeza.
—No. Entré para sobrevivir. Quedarme… eso fue otra cosa.
Las puertas se abrieron en el lobby.
Irene dio un paso hacia afuera y se detuvo.
—Ese proyecto fue su error —dijo sin mirarlo—.
Y hoy… ese error lleva mi nombre.
Salió sin esperar respuesta.
Adrián se quedó dentro del ascensor unos segundos más de lo necesario. No porque no pudiera moverse.
Sino porque por primera vez, un apellido que siempre había significado poder…
acababa de convertirse en una carga.
Y porque entendió algo que no podía desfirmar:
Irene Salvatierra no había llegado para observar.
Había llegado porque el pasado, tarde o temprano, siempre pasa factura.