Las miradas eran más elocuentes que cualquier palabra.
Irene lo notó desde el momento en que volvió a su oficina. No eran hostiles. No eran curiosas. Eran cautelosas. Como si su sola presencia alterara un equilibrio frágil que todos preferían fingir estable.
Caminó por el pasillo con la espalda recta, sin bajar la cabeza. Aprendió rápido que en Blackstone Corp el que dudaba, perdía.
Y Adrián Blackstone la observaba.
No de forma evidente. No como un hombre mira a una mujer.
Como un estratega observa una pieza que no encaja… pero tampoco puede ignorar.
Desde su despacho, tras el cristal que lo separaba del resto del piso, seguía cada uno de sus movimientos. Cómo se detenía a hablar con alguien. Cómo tomaba notas. Cómo no pedía permiso para existir.
—¿Algo más que deba saber? —preguntó su asistente, entrando con una carpeta.
Adrián no apartó la vista.
—Asegúrese de que nadie le facilite información que no deba tener.
—¿Y si ya la tiene?
—Entonces el error no fue suyo —respondió—. Fue nuestro.
La asistente dudó un segundo antes de salir. Adrián permaneció de pie, con los brazos cruzados, mientras Irene se giraba levemente y, sin saber por qué, alzaba la mirada.
Sus ojos se encontraron a través del cristal.
No hubo saludo.
No hubo gesto.
Solo un desafío mudo que recorrió la distancia entre ambos como una descarga eléctrica.
Irene no apartó la mirada.
Tampoco Adrián.
—No es normal —murmuró una voz a espaldas de Irene—. Que él mire así.
Irene no se giró.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera decidiendo algo.
Eso sí la hizo tensarse.
—¿Decidiendo qué?
—Si vales el riesgo —respondió Marcos, en voz baja.
Irene cerró el archivo que estaba revisando y lo miró por primera vez.
—¿Y tú qué crees?
Marcos dudó.
—Creo que no está acostumbrado a que alguien no le tema.
Irene volvió la vista a la pantalla.
—Yo tampoco estoy acostumbrada a que me vigilen.
Adrián entró en su oficina poco antes del mediodía.
No anunció su presencia. No llamó a la puerta. Simplemente apareció, apoyándose en el marco como si aquel espacio también le perteneciera.
—¿Le incomoda que la observe? —preguntó.
Irene levantó la vista con lentitud.
—Depende de la intención.
—La intención es evaluar.
—Entonces debería hacerlo con más discreción —replicó—. No soy un experimento.
Adrián dio un paso más dentro de la oficina. El aire se volvió denso. Cercano.
—Aquí todos lo son —dijo—. Algunos solo tardan más en darse cuenta.
Irene se puso de pie. No para huir. Para igualar la altura.
—¿Eso incluye al CEO?
Los ojos de Adrián brillaron.
—Especialmente al CEO.
Hubo un segundo suspendido entre ambos. Uno donde la tensión dejó de ser solo intelectual.
—No me mire así —dijo él, en voz baja.
—Entonces deje de desafiarme —respondió ella.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue cargado. Lleno de cosas que ninguno estaba dispuesto a nombrar.
Adrián fue el primero en apartarse.
—Mantenga su lugar —dijo, recuperando la distancia—. No lo confunda.
Irene sostuvo su mirada un segundo más.
—Nunca confundo el poder con la verdad.
Cuando él salió, la oficina pareció más pequeña.
Irene se sentó despacio, con el pulso acelerado por razones que no estaba dispuesta a admitir.
Porque esas miradas no eran solo desafío.
Eran reconocimiento.
Y eso era infinitamente más peligroso que el odio.