La cláusula del odio

Capítulo 9

El poder no se pedía en Blackstone Corp.
Se asumía.

Irene lo entendió la mañana en que su acceso fue restringido sin previo aviso. No hubo correo. No hubo explicación. Solo un mensaje automático al intentar abrir un archivo que había consultado el día anterior.
Acceso denegado.

No frunció el ceño. No golpeó el escritorio.
Sonrió.

Porque el poder, cuando se siente amenazado, siempre se delata.

Se levantó de su silla y caminó por el pasillo hasta el despacho de Adrián sin avisar a nadie. Las miradas se clavaron en su espalda como agujas. Nadie la detuvo. Nadie quiso hacerlo.

La asistente alzó la vista, sorprendida.

—¿Tiene cita?

—No —respondió Irene—. Pero él me espera.

No era una pregunta. Era una afirmación peligrosa.
Entró.

Adrián estaba revisando documentos. No levantó la vista de inmediato. Sabía que era ella. Lo había sabido desde el primer paso.

—¿Perdió algo? —preguntó, con voz neutra.

—Acceso —respondió Irene—. Y paciencia.

Adrián dejó el bolígrafo sobre el escritorio con calma calculada.

—Usted no está en posición de exigir.

—No lo estoy haciendo —dijo ella—. Estoy señalando una decisión innecesaria.

—Era necesaria —corrigió él—. Se estaba extralimitando.

Irene dio un paso más dentro de la oficina.

—No me extralimité. Me acerqué demasiado.

Adrián alzó la mirada por fin.

—El poder no se toma por accidente.

—Ni se mantiene escondiendo información —replicó ella.

El silencio cayó entre ambos, pesado, tenso.

—¿Qué quiere? —preguntó él.

Irene sostuvo su mirada.

—Hacer mi trabajo. Completo. No el que usted cree que merezco.

Adrián se puso de pie lentamente. Rodeó el escritorio hasta quedar frente a ella. No había ira en su expresión. Había cálculo.

—Aquí nadie asciende porque cree que puede —dijo—. Se asciende porque yo lo decido.

—Y yo no estoy pidiendo ascender —respondió Irene—. Estoy demostrando que puedo.

Eso lo detuvo.
Un segundo.
Dos.

—Está jugando un juego que no entiende —dijo él.

—Lo entiendo perfectamente —respondió ella—. Solo que usted no está acostumbrado a que alguien no le pida permiso.

Adrián se acercó un poco más. La distancia era mínima. Incómoda. Intencional.

—Tenga cuidado —murmuró—. El poder también aplasta.

—Solo a quien se arrodilla —replicó Irene.

La tensión vibró entre ambos, afilada.
Adrián retrocedió un paso y volvió al escritorio. Tecleó algo en la computadora.

—Su acceso será restablecido —dijo—. Parcialmente.

Irene no sonrió.

—Es suficiente.

—No confunda esto con una concesión —añadió él—. Es una prueba.

—Todas lo son —respondió ella.

Cuando Irene salió de la oficina, el ambiente parecía distinto. No más ligero. Más consciente.
Adrián se quedó mirando la puerta cerrada. No había cedido.
Había medido fuerzas.

Y lo inquietante no era haber restaurado el acceso.
Era haber disfrutado el desafío.
Porque Irene Salvatierra no había pedido poder.
Lo había reclamado con la única moneda que él respetaba:
determinación.

Y eso, en su mundo, era el principio de algo que ya no podía controlar del todo.




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