La cláusula del odio

Capítulo 10

El documento no tenía nada de especial a simple vista.
Era una hoja más. Letras negras. Lenguaje jurídico. Frío. Preciso. Diseñado para no sentir.
Irene lo supo en cuanto Adrián lo dejó sobre la mesa de la sala de juntas privada.

—¿Otra cláusula provisional? —preguntó, sin tocarlo.

—Una corrección —respondió él—. Para evitar futuros malentendidos.

Irene tomó asiento despacio.

—Los malentendidos suelen ser intencionales.

Adrián no sonrió.

—Justamente.

Empujó el documento hacia ella. Irene lo leyó en silencio, línea por línea. Confidencialidad reforzada. Acceso condicionado. Responsabilidad compartida en proyectos estratégicos.

Y entonces llegó a la parte que le tensó el pecho.

—Esto no estaba en el contrato original —dijo.

—Ahora lo está.

—Me ata directamente a usted —añadió Irene, alzando la vista—. Reporte exclusivo. Sin intermediarios.

Adrián sostuvo su mirada.

—Evita interferencias.

—Evita testigos —corrigió ella.

El aire se volvió denso.

—No tiene alternativa —dijo él—. O firma… o la cláusula inicial se anula.

Irene cerró el documento con calma.

—¿Y qué gana usted con esto?

Adrián se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos.

—Control.

—Eso ya lo tiene.

—No sobre usted.

El silencio fue brutal.

—¿Le incomoda? —preguntó él.

Irene lo observó unos segundos antes de responder.

—Me preocupa.

—Entonces entiéndalo como un seguro —dijo Adrián—. Usted se queda. Yo vigilo. Nadie más se interpone.

—¿Y si no quiero quedarme?

Adrián no dudó.

—Entonces se va hoy.

Irene bajó la mirada al papel una vez más. Esa cláusula no hablaba de horas ni de salario. Hablaba de dependencia. De cercanía obligatoria. De una relación laboral que ya no tenía escapatoria elegante.

—Esto es una jaula —dijo.

—Es una estructura —corrigió él—. Las jaulas se notan. Las estructuras sostienen.

Irene tomó el bolígrafo.

—Si firmo —dijo—, no será porque me obliga.

—¿Entonces por qué?

Ella alzó la vista.

—Porque quiero ver hasta dónde llega su control… y qué hace cuando se le acaba.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa auténtica cruzó el rostro de Adrián.

—Eso es un error —dijo.

—Los errores parecen ser su especialidad —respondió Irene.

Firmó.
El trazo fue firme. Decidido. Sin temblor.
Adrián tomó el documento y firmó debajo, con la misma elegancia fría de siempre. Dos nombres. Dos voluntades. Una cláusula imposible de ignorar.

—A partir de ahora —dijo él—, todo lo que haga aquí me concierne directamente.

Irene se puso de pie.

—Y todo lo que usted decida… me afecta a mí.

Se miraron en silencio. No como jefe y empleada. No como enemigos.

Como dos personas que acababan de cruzar un punto sin retorno.

Cuando Irene salió de la sala, Adrián permaneció allí unos segundos más, observando el documento sobre la mesa.
La cláusula estaba firmada.
El control, asegurado.
O eso creyó.

Porque lo que ninguno de los dos quiso admitir todavía era simple y devastador:
no acababan de firmar un contrato.
Acababan de sellar una condena compartida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.