Después de la cláusula, nada explotó.
Y eso fue lo más peligroso.
No hubo discusiones abiertas. No hubo enfrentamientos directos. No hubo órdenes alzadas ni portazos. Solo una calma rígida, tensa, calculada… como una línea de fuego que nadie se atrevía a cruzar.
Irene lo sintió desde la primera mañana.
Adrián ya no la confrontaba.
La ignoraba.
No respondía correos.
No comentaba informes.
No corregía nada.
La hacía trabajar en el vacío.
—Eso es peor —murmuró Marcos cuando la vio salir de una reunión sin haber dicho una palabra—. Cuando el CEO te ignora… está esperando que te equivoques sola.
Irene no respondió.
No porque no tuviera qué decir.
Sino porque sabía exactamente a qué estaba jugando Adrián Blackstone.
Y no pensaba perder.
Desde su despacho, Adrián observaba el tablero con frialdad quirúrgica. Cada movimiento de Irene era registrado, medido, archivado mentalmente.
No la interrumpía.
No la frenaba.
La dejaba avanzar.
Porque el verdadero poder no intervenía de inmediato. Esperaba.
—¿Ningún error? —preguntó a su asistente.
—Ninguno —respondió ella—. Al contrario… está mejorando procesos.
Eso le molestó más de lo esperado.
—¿Y el resto del equipo?
—Tensos —admitió—. No saben de qué lado ponerse.
Adrián apretó la mandíbula.
—No hay lados. Hay jerarquías.
Irene entregó el informe final del proyecto Atlas reestructurado a las seis en punto. Lo dejó sobre el escritorio de Adrián sin pedir permiso.
Él no alzó la vista.
—No se lo pedí.
—No lo hice para complacerlo —respondió ella—. Lo hice para evitar otro error.
Adrián hojeó el documento con lentitud. Demasiada lentitud. Cada página era una provocación silenciosa.
—Esto cambia decisiones ya tomadas —dijo.
—Las mejora.
—¿Está segura?
—Tan segura como usted cuando firmó sin leer.
Él levantó la vista. Sus ojos grises eran hielo puro.
—Cuidado.
—Siempre lo tengo —respondió Irene—. Usted debería empezar.
Adrián cerró el informe con un golpe seco.
—Salga.
Irene no se movió.
—Aún no terminé —dijo.
—Yo sí.
Ella dio un paso atrás, pero no bajó la mirada.
—Esta guerra suya —añadió—. El silencio, la espera, el desgaste… no me va a quebrar.
Adrián se levantó despacio. Caminó hasta quedar frente a ella.
—Esto no es una guerra —dijo—. Es una prueba de resistencia.
—Entonces estamos empatados.
El silencio volvió a caer entre ambos. No era incómodo. Era afilado.
Irene fue la primera en girarse para irse. Pero antes de salir, habló sin mirarlo.
—Las guerras frías se ganan cuando alguien se cansa.
Adrián respondió sin levantar la voz.
—O cuando alguien se expone.
La puerta se cerró.
Adrián volvió al escritorio y miró el informe otra vez.
Era impecable.
Y eso lo inquietó más que cualquier desafío abierto.
Porque la guerra fría no estaba debilitando a Irene Salvatierra.
La estaba fortaleciendo.
Y en ese tablero silencioso, él ya no estaba seguro de tener la ventaja.