La cláusula del odio

Capítulo 13

El correo llegó a las ocho en punto.

Viaje de trabajo — sede norte.
Asistencia obligatoria.
Salida: hoy.

Irene leyó el mensaje dos veces. No porque no lo entendiera, sino porque entendió demasiado bien lo que significaba.
Territorio enemigo.

La sede norte de Blackstone Corp no era solo otra oficina. Era el origen. El lugar donde Adrián Blackstone había construido su reputación sin testigos incómodos. Donde el apellido pesaba más que cualquier objeción ética.
Y él quería que ella estuviera allí.

—Esto no estaba en la agenda —dijo Irene al entrar en su despacho.

Adrián ya estaba de pie, con el abrigo sobre el brazo.

—Lo está ahora.

—¿Por qué?

—Porque necesito que vea cómo funcionan las cosas fuera de su burbuja moral.

Irene cruzó los brazos.

—¿O porque quiere medir cuánto resisto lejos de mi terreno?

Adrián la miró con calma.

—Aquí no tiene terreno.

Ese fue el golpe.

—En la sede norte —continuó—, yo no explico decisiones. Se ejecutan.

—Entonces lléveme —respondió Irene—. Pero no espere obediencia ciega.

Adrián sonrió apenas.

—Nunca espero obediencia. Espero resultados.

El avión despegó bajo un cielo gris. El asiento entre ellos parecía más pequeño de lo normal. Ninguno habló durante los primeros minutos.

—Allí no tiene aliados —dijo Adrián finalmente.

—Aquí tampoco —respondió Irene.

Él la observó de reojo.

—Allí cometer errores se paga caro.

—Ya lo sé —dijo ella—. Vengo de ahí.

Adrián no respondió. Pero algo en su expresión cambió.
La sede norte era todo lo que Irene había imaginado: más fría, más cerrada, más masculina. Miradas largas. Sonrisas tensas. Un ambiente que olía a lealtades antiguas.

—Así que tú eres la novedad —dijo uno de los directores, evaluándola sin disimulo—. La cláusula.

Irene sostuvo la mirada.

—Y usted debe ser el pasado que nadie quiere revisar.

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo.
Adrián no intervino.
La dejó sola.
Eso fue lo peor.

Durante horas, Irene fue cuestionada, ignorada, puesta a prueba. Preguntas capciosas. Comentarios velados. Decisiones tomadas a espaldas suyas.

Territorio enemigo. Cada palabra era un riesgo.
Cuando finalmente quedaron solos en una sala de reuniones vacía, Irene cerró la carpeta con fuerza controlada.

—Esto fue intencional.

—Sí —admitió Adrián—. Necesitaba saber si podía sostenerse sin mí.

—¿Y? —preguntó ella.

Adrián la miró en silencio unos segundos.

—No retrocedió.

—Porque retroceder aquí es morir profesionalmente —respondió.

Adrián dio un paso hacia ella.

—No todos lo entienden.

—Yo sí —dijo Irene—. Por eso este lugar es peligroso. No para mí… para usted.

—Explíquese.

—Aquí nadie lo cuestiona —continuó ella—. Y eso es exactamente donde los errores crecen.

Adrián sostuvo su mirada. No había enojo. Había algo más incómodo.
Reconocimiento.

—Está en territorio enemigo —dijo él.

—Siempre lo estuve —respondió Irene—. Solo que ahora usted también.

El silencio se cerró entre ambos, espeso.
Porque en ese lugar, rodeados de poder viejo y lealtades ciegas, algo había cambiado:
Irene ya no era la intrusa.

Y Adrián Blackstone acababa de entender que su imperio también tenía grietas.
Y que ella sabía exactamente dónde estaban.




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