La cláusula del odio

Capítulo 14

El orgullo era un idioma que ambos hablaban con fluidez.
Irene lo sintió esa noche en el hotel, mientras observaba la ciudad desde la ventana del cuarto asignado. Piso alto. Vista perfecta. Todo pensado para recordar quién tenía el control… incluso fuera de la oficina.

Dejó el bolso sobre la cama sin deshacerlo. No pensaba acomodarse. No pensaba quedarse cómoda en territorio ajeno.

Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
No necesitó abrir para saber quién era.

—Adelante —dijo.

Adrián entró sin prisa. Se había quitado el abrigo, la corbata aflojada apenas. No estaba relajado. Solo menos blindado.

—La reunión de hoy —empezó— fue innecesariamente tensa.

Irene soltó una risa breve.

—No lo pareció cuando decidió observar en silencio.

—Era una prueba.

—Siempre lo es con usted —respondió ella—. ¿Alguna vez baja la guardia?

Adrián la miró con frialdad.

—El orgullo mantiene a raya a quienes buscan debilidades.

—No —corrigió Irene—. El orgullo las esconde. Y luego las deja crecer.

Él dio un paso más dentro de la habitación. La distancia se redujo peligrosamente.

—No vine a discutir filosofía —dijo—. Vine a advertirle.

—Las advertencias suelen llegar cuando el control se tambalea —respondió ella.

Eso lo golpeó.

—En la sede norte no se toleran desafíos —continuó Adrián—. Aquí mi apellido pesa más que cualquier argumento.

—Eso ya lo noté —dijo Irene—. También noté que nadie se atreve a decirle la verdad.

—No la necesito.

—La necesita más que nadie —replicó ella—. Solo que su orgullo no se lo permite.

El silencio se tensó entre ambos. Adrián apretó la mandíbula.

—Usted cree que puede entrar a mi mundo y cambiarlo —dijo—. No entiende lo que costó construirlo.

Irene sostuvo su mirada.

—Y usted cree que todo lo que costó vale la pena… aunque haya dejado gente atrás.

Él se acercó un paso más. Estaban demasiado cerca. El aire parecía vibrar.

—No me juzgue —murmuró—. No sabe lo que tuve que sacrificar.

—Todos sacrificamos algo —respondió Irene—. La diferencia es quién paga el precio.

El orgullo chocó entre ellos como placas tectónicas.

—Aquí no gana quien tiene razón —dijo Adrián—. Gana quien resiste.

Irene alzó la barbilla.

—Entonces estamos igualados.

Un segundo.
Dos.
Ninguno retrocedió.

Adrián fue el primero en apartarse. No porque perdiera. Porque quedarse un segundo más habría significado admitir algo que no estaba listo para enfrentar.

—Descanse —dijo—. Mañana seguimos.

Irene lo observó irse, con el pecho tenso y la mente en llamas.

Cuando la puerta se cerró, exhaló despacio.
Porque lo sabía con certeza incómoda:
ese no había sido solo un enfrentamiento profesional.
Había sido dos orgullos midiéndose…
y ninguno estaba dispuesto a caer primero.
Pero el orgullo, tarde o temprano, siempre pide algo a cambio.
Y cuando cobrara, el precio no sería pequeño.




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