La cláusula del odio

Capítulo 16

Después de la humillación, algo cambió.
No en la empresa.
En ellos.

Adrián dejó de ignorarla. Pero tampoco volvió a confrontarla abiertamente. Se movía en un terreno nuevo, incómodo, donde cada interacción estaba cargada de algo que no terminaba de ser profesional… ni personal.
Límites difusos.

Irene lo notó en los detalles. En la forma en que Adrián se detenía un segundo más de lo necesario cuando ella hablaba. En cómo le pedía informes directamente, sin intermediarios. En cómo la observaba cuando creía que ella no lo veía.
Eso la irritaba.
Y la alertaba.

—Quiero un análisis completo del impacto humano del proyecto —dijo él una tarde, apoyado en el marco de su oficina—. Para mañana.

—Eso no estaba en la agenda —respondió Irene, sin levantar la vista.

—Lo está ahora.

Ella cerró el archivo con calma.

—¿Es una orden… o una concesión tardía?

Adrián no respondió de inmediato.

—Es una necesidad.

Eso la hizo alzar la mirada.
Se miraron en silencio. El aire parecía más denso que antes. Menos hostil. Más peligroso.

—Trabajaré en ello —dijo Irene—. Pero no espere que suavice conclusiones.

—Nunca lo ha hecho —respondió él.

Y ahí estaba el problema.

Esa noche, Irene seguía en la oficina cuando el resto del piso ya estaba vacío. Las luces eran más tenues. El silencio distinto. Menos vigilante.
No oyó a Adrián entrar.

—Va a convertirse en costumbre —dijo él, rompiendo el silencio—. Esto de quedarse hasta tarde.

Irene no se giró.

—Usted la inventó.

Adrián se acercó despacio. Demasiado.

—No debería trabajar así —añadió—. No es saludable.

Irene lo miró por fin.

—¿Desde cuándo le importa?

Él sostuvo su mirada.

—Desde que dejó de ser solo un problema administrativo.

El silencio se tensó.

—Este no es el tipo de conversación que deberíamos tener —dijo Irene.

—Lo sé —respondió Adrián—. Y aun así…

No terminó la frase.
Estaban demasiado cerca. No se tocaban. No hacía falta. La línea invisible entre ambos se había vuelto borrosa.

—Esto no cambia nada —dijo Irene, retrocediendo un paso—. Seguimos siendo lo que somos aquí.

—¿Y qué somos? —preguntó él.

Ella dudó. Apenas un segundo.

—Una mala decisión esperando el momento correcto.

Adrián esbozó una sonrisa mínima.

—Coincido.

Se apartó primero, recuperando la distancia, el control… o algo parecido.

—Entrégueme el informe mañana —dijo—. Y váyase a casa.

Irene recogió sus cosas sin discutir. Cuando pasó junto a él, lo sintió: la tensión, la cercanía, la pregunta no formulada.

Los límites ya no estaban claros.

Y eso la inquietaba más que cualquier enfrentamiento previo.

Porque odiar a Adrián Blackstone había sido sencillo.
Desafiarlo, estimulante.
Pero empezar a ver al hombre detrás del poder…
Eso sí era peligroso.
Y ambos lo sabían, aunque ninguno estuviera dispuesto a decirlo en voz alta.




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