Irene no esperaba encontrarlo así.
La puerta del despacho estaba entreabierta. Las luces apagadas, salvo por la lámpara del escritorio. Adrián estaba sentado, inclinado hacia delante, con los codos apoyados y el teléfono en la mano como si pesara más de lo que debería.
No la oyó entrar.
—Señor Blackstone… —empezó.
Él alzó la vista de golpe. Sus ojos no estaban fríos. Estaban cansados.
—¿Qué ocurre? —preguntó Irene, bajando la voz sin proponérselo.
Adrián tardó un segundo en responder.
—Mi madre.
Eso la descolocó.
—Está en el hospital —añadió—. Nada grave… dicen.
Nada en su tono sonaba convencido.
Irene cerró la puerta detrás de sí con suavidad.
—¿Quiere que llame a alguien?
Adrián negó con la cabeza.
—Ya lo hice.
Silencio.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el CEO. No parecía el hombre del apellido pesado. Parecía… un hijo.
—Puede irse —dijo él, recuperando algo de rigidez—. Esto no es asunto suyo.
Irene no se movió.
—No —respondió—. Pero usted sí.
Adrián la miró como si no entendiera la frase.
—A veces olvidamos que detrás del cargo hay alguien que también se cansa —añadió ella.
Él soltó una risa breve, sin humor.
—Yo no me canso.
—Claro que sí —dijo Irene con suavidad—. Solo que no se lo permite.
El silencio se llenó de algo distinto. No tensión. Humanidad.
—Siempre creyó que el trabajo era suficiente —murmuró Adrián, más para sí que para ella—. Que si construía algo grande… todo lo demás se acomodaría.
Irene lo observó sin interrumpir.
—No funciona así —continuó él—. Nunca funcionó.
Ahí estaba.
La grieta.
Irene dio un paso más cerca.
—Puede ir al hospital.
—Tengo reuniones —respondió automáticamente.
—No son más importantes.
Adrián la miró. Esta vez sin barreras.
—¿Desde cuándo me dice qué es importante?
Irene sostuvo su mirada.
—Desde que dejó de fingir que no lo sé.
Hubo un segundo largo, suspendido.
Adrián se puso de pie despacio.
—Cancele todo lo de la tarde.
—Ya lo hice —respondió ella.
Eso lo hizo detenerse.
—¿Cómo…?
—Aprendo rápido —dijo Irene.
Adrián la observó como si la viera por primera vez. No como una empleada. No como una amenaza.
Como alguien que estaba ahí.
—Gracias —dijo, y la palabra le costó.
Irene asintió apenas.
—Vaya.
Cuando él salió del despacho, Irene se quedó unos segundos sola. Miró el espacio vacío, la silla aún girada, el teléfono sobre el escritorio.
Esa había sido la primera vez que Adrián Blackstone no tuvo control de la situación.
Y ella lo había visto.
No al CEO.
Al hombre.
Y esa primera grieta, pequeña y silenciosa, acababa de cambiar la forma en que lo miraba.
Porque ahora sabía algo peligroso:
no odiaba a una estructura.
Odiaba a una persona… que empezaba a dolerle un poco menos.