La cláusula del odio

Capítulo 18

La citación llegó sin asunto. Sin contexto. Sin copia a nadie.

Sala privada. 19:30.

Irene no necesitó preguntar de quién venía.

A esa hora, el piso estaba casi vacío. Las luces del pasillo parecían más largas, las sombras más marcadas. La sala privada quedaba al fondo, lejos del tránsito habitual. Un lugar pensado para decisiones que no debían tener testigos.

Adrián ya estaba allí cuando ella entró.
No había proyector encendido. No había carpetas sobre la mesa. Solo dos vasos de agua intactos y un silencio que pesaba más de lo normal.

—Siéntese —dijo él.

Irene obedeció sin quitarle la mirada de encima.

—¿De qué se trata?

Adrián tardó un segundo en responder.

—De lo que nadie dice en voz alta.

Eso la puso en alerta.

—La sede norte quiere repetir el modelo Atlas —continuó—. Mismos recortes. Mismo argumento. Diferente nombre.

Irene sintió el pulso en las sienes.

—¿Y usted?

—Yo firmaría mañana —admitió—. Es lo que esperan.

—Pero no quiere.

No fue una pregunta.
Adrián sostuvo su mirada.

—No sé si quiero.

El silencio se tensó entre ambos.

—Entonces esta no es una reunión ejecutiva —dijo Irene—. Es personal.

—Es estratégica —corrigió él—. Usted ve cosas que otros no.

—Porque no estoy atada a lealtades antiguas —respondió ella.

Adrián asintió apenas.

—Necesito que me diga si estoy a punto de cometer el mismo error otra vez.

Irene lo observó largo rato antes de hablar.

—Sí.

La respuesta fue inmediata. Clara. Incómoda.
Adrián no apartó la mirada.

—Explíquese.

—Porque el problema nunca fue la decisión financiera —dijo Irene—. Fue ignorar el costo humano creyendo que no afectaría el resultado final.

—Y ahora…

—Ahora está a punto de justificarlo igual —terminó ella.

El aire se volvió denso.

—Si me opongo —dijo Adrián—, pierdo apoyo interno.

—Si firma —respondió Irene—, pierde algo más importante.

—¿Qué?

Irene dudó un segundo.

—La posibilidad de no repetir quién fue.

Eso lo golpeó.
Adrián bajó la mirada por primera vez. No en derrota. En reflexión.

—Esta conversación no puede salir de aquí —dijo él.

—La cláusula lo garantiza —respondió ella.

Sus miradas se encontraron otra vez. Más largas. Más cargadas.

—¿Por qué me ayuda? —preguntó Adrián en voz baja.

Irene sostuvo su mirada.

—Porque alguien debió haber hecho esto por mi padre.

El silencio que siguió fue pesado. Honesto.

—Entonces dígame qué hacer —dijo él.

Irene negó con la cabeza.

—No. Eso le toca a usted.

Se pusieron de pie al mismo tiempo. La distancia entre ambos era mínima. No había mesa que los separara. No había jerarquías en ese espacio cerrado.
Solo dos personas frente a una decisión que podía cambiarlo todo.

—Gracias por venir —dijo Adrián.

Irene asintió.

—Gracias por preguntar.

Cuando salió de la sala, el pasillo parecía distinto. Más liviano.

Porque esa reunión no había sido de poder.
Había sido de confianza.

A puerta cerrada, Adrián Blackstone no había consultado a una empleada.
Había buscado a la única persona que se atrevía a decirle la verdad.
Y eso… empezaba a ser peligrosamente íntimo.




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