La cláusula del odio

Capítulo 19

Irene no dormía bien desde la reunión a puerta cerrada.
No por lo que Adrián había dicho.
Sino por lo que había dejado en sus manos.
Decidir no era su trabajo.

Pero ahora, de algún modo, también lo era.
Abrió el archivo antiguo de Atlas en su computadora personal esa noche, en el apartamento pequeño que alquilaba desde hacía años. La pantalla iluminó la sala en penumbra. Fechas. Firmas. Nombres.
El de su padre.
Cerró los ojos un segundo.

El recuerdo volvió con una claridad que dolía.
Su padre sentado en la mesa de la cocina, la carta en la mano, intentando sonreír mientras decía que todo estaría bien. Que encontraría algo nuevo. Que no se preocupara.
Nunca lo hizo.

Irene respiró hondo y volvió al presente.
Porque ahora el mismo patrón estaba a punto de repetirse.

Y el hombre que lo había firmado una vez… le estaba pidiendo ayuda para no hacerlo otra vez.
Eso no era justicia.
Era algo más complejo.
Y mucho más peligroso para su orgullo.
Adrián tampoco dormía.

La habitación del hotel estaba en silencio absoluto, pero su mente no. La voz de Irene seguía resonando con una claridad incómoda.

“Pierde la posibilidad de no repetir quién fue.”
Se levantó y caminó hacia la ventana. Miró la ciudad iluminada sin verla realmente.
Atlas.

Recordaba el momento exacto en que firmó ese proyecto. No había dudas. No había debate interno. Solo números, proyecciones y la convicción de que estaba haciendo lo correcto para mantener la empresa a flote.
Nunca vio los nombres.
Nunca quiso verlos.
Y ahora uno de esos nombres tenía rostro. Voz. Mirada desafiante.
Irene Salvatierra.

El pasado ya no era un archivo cerrado.
Estaba sentado frente a él todos los días.
A la mañana siguiente, Irene encontró a Adrián en la sala de reuniones vacía. Sin traje impecable. Sin expresión blindada. Solo él, con una carpeta abierta frente a sí.

—¿Va a firmar? —preguntó ella, sin rodeos.

Adrián alzó la vista.

—No lo sé.

Irene se acercó a la mesa.

—Eso ya es distinto.

Él la observó con atención.

—Nunca dudé antes.

—Eso también es distinto.

El silencio entre ambos no era tenso. Era pesado. Compartido.

—¿Sabe qué es lo peor? —dijo Adrián en voz baja—. Que no recuerdo a su padre.

Irene sostuvo su mirada sin parpadear.

—Yo sí.

La frase cayó como una verdad irrefutable.

—Para usted fue un nombre más —añadió—. Para mí fue todo.

Adrián asintió lentamente.

—Y ahora ese pasado está aquí… todos los días.

—Ardiendo —corrigió ella.

Se miraron largo rato. No como enemigos. No como aliados. Como dos personas unidas por algo que ninguno eligió, pero que ambos tenían que enfrentar.

—No puedo cambiar lo que pasó —dijo él.

—No —respondió Irene—. Pero puede decidir qué pasa ahora.

Adrián cerró la carpeta con decisión.

—Entonces no firmaré.

Irene sintió un nudo en el pecho que no supo identificar. No era alivio. No era triunfo.
Era algo más profundo.

—Eso no borra el pasado —dijo.

—Lo sé —respondió él—. Pero tal vez impida que vuelva a repetirse.

Irene asintió despacio.
Porque el pasado seguía ardiendo.
Pero por primera vez… no lo estaba haciendo sola.




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