La decisión de no firmar se anunció como un ajuste estratégico.
Sin nombres.
Sin historia.
Sin verdad.
Irene leyó el comunicado interno en silencio desde su oficina. El lenguaje era impecable, neutro, quirúrgico. Nadie sabría nunca lo que realmente había motivado ese cambio.
Nadie… excepto ellos dos.
—Bien jugado —dijo Marcos desde la puerta—. Nadie entiende qué pasó, pero todos respiran más tranquilos.
Irene asintió sin sonreír.
—A veces eso es suficiente.
Pero no lo era.
Porque lo que había ocurrido entre ella y Adrián en esa sala de reuniones no cabía en un comunicado interno. No era estratégico. No era corporativo.
Era personal.
Y ambos estaban fingiendo que no.
Adrián entró a su oficina sin tocar.
—Necesito que revise el informe final antes de enviarlo al directorio —dijo, dejando una carpeta sobre su escritorio.
Irene la miró sin tocarla.
—¿Eso forma parte de mis funciones observacionales?
Adrián sostuvo su mirada.
—Forma parte de lo que ahora hacemos.
El silencio se tensó.
—Lo que ahora hacen no tiene nombre —respondió ella.
—Tiene límites —corrigió él.
Irene soltó una risa baja.
—No, Adrián. Tiene excusas.
El uso de su nombre sin el apellido cayó entre ambos con un peso distinto.
Adrián no la corrigió.
—No confundamos las cosas —dijo él—. Esto es trabajo.
—Claro —respondió Irene—. Nada personal.
Sus miradas se sostuvieron más de la cuenta.
—Lo que pasó en la sala —añadió Adrián—, lo que hablamos… fue una excepción.
—Las excepciones son las que cambian las reglas —dijo Irene.
Él dio un paso atrás, como si necesitara recuperar espacio.
—No podemos permitir que eso afecte cómo trabajamos.
Irene asintió lentamente.
—Entonces volvamos a odiarnos.
Adrián la miró fijo.
—Eso sería más fácil.
—Mucho más —confirmó ella.
Silencio.
Demasiado largo. Demasiado cargado.
—Revise el informe —dijo él finalmente, recuperando el tono profesional—. Lo necesito hoy.
Irene tomó la carpeta.
—Por supuesto, señor Blackstone.
El apellido volvió a instalarse entre ellos como una muralla.
Adrián salió sin decir nada más.
Cuando la puerta se cerró, Irene apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos un segundo.
Nada personal.
Esa frase se repetía en su mente como un eco absurdo.
Porque nunca antes algo laboral se había sentido tan íntimo.
Y nunca antes lo íntimo se había disfrazado tan bien de profesional.
Y lo peor no era que estuvieran fingiendo.
Era que ambos sabían que el otro también lo estaba haciendo.