La cláusula del odio

Capítulo 21

La sala de archivos era estrecha. Mal iluminada. Silenciosa.

Irene entró buscando un expediente antiguo que necesitaba para cerrar el informe. No esperaba encontrar a nadie allí. Mucho menos a Adrián, de pie frente a un estante alto, revisando carpetas con una concentración inusual.

Se detuvo en seco.

—No sabía que usaba este lugar —dijo.

Adrián giró apenas la cabeza.

—Casi nadie lo hace.

El pasillo entre estantes era tan angosto que apenas cabían dos personas sin rozarse. Irene avanzó con cuidado, sintiendo cómo el aire se volvía más denso con cada paso.

—Busco el anexo del proyecto Atlas —añadió ella.

Adrián sostuvo una carpeta en la mano.

—Lo tengo.

Irene se acercó para tomarla.
Demasiado.
Sus dedos rozaron los de él. Un contacto mínimo. Eléctrico. Innecesario.
Ninguno retiró la mano de inmediato.
El silencio cayó con un peso distinto.

—Gracias —murmuró Irene, sin apartar la mirada del documento.

Adrián no se movió.

—No debería estar aquí sola.

Ella alzó la vista.

—No lo estoy.

Eso cambió el aire.
Estaban tan cerca que Irene podía percibir el leve aroma de su colonia, la tensión contenida en su mandíbula, el pulso firme en su cuello.

—Esto empieza a ser un problema —dijo Adrián en voz baja.

—¿El archivo? —preguntó ella.

—La distancia.

Irene sostuvo su mirada. No retrocedió.

—Usted fue quien la redujo.

Adrián apoyó la mano libre en el estante, inclinándose apenas hacia ella. No la tocaba. Pero el espacio personal ya no existía.

—No me mire así —murmuró.

—Entonces deje de acercarse.

Ninguno obedeció.

El aire parecía comprimido entre sus cuerpos. Cargado de algo que ya no tenía nombre profesional.

—Esto no debería estar pasando —dijo Adrián.

—Nada de esto debería —respondió Irene.

Sus respiraciones se mezclaban. Sus miradas ya no eran desafío. Eran reconocimiento puro.
Un segundo más y algo cruzaría una línea imposible de deshacer.

Adrián fue el primero en reaccionar. Se apartó con brusquedad controlada, como si acabara de despertar.

—Tome el archivo —dijo, volviendo a su tono frío—. Y salga.

Irene lo hizo. Pero antes de pasar junto a él, se detuvo apenas.

—No fue mi idea acercarme tanto —susurró.

Salió sin mirar atrás.

Adrián se quedó solo en la sala estrecha, con el pulso acelerado y una certeza incómoda instalándose en su pecho:
ya no se trataba solo de orgullo.
Ni de poder.
Ni de pasado.

Se trataba de algo mucho más difícil de controlar.
Porque habían estado demasiado cerca.
Y ambos lo habían querido un segundo más de lo debido.




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