La cláusula del odio

Capítulo 22

Al día siguiente, todo fue impecablemente profesional.
Demasiado.

Adrián no pasó por su oficina. No la llamó por su nombre. No sostuvo su mirada más de lo necesario. Cada interacción fue medida, pulida, distante.
Irene lo notó al instante.
Y decidió responder de la misma forma.

Correos formales. Informes precisos. Respuestas sin matices. Sonrisas inexistentes. Si él quería distancia, ella podía convertirla en un arte.
El problema era que ambos sabían por qué.

—¿Ocurrió algo? —preguntó Marcos en voz baja.

—Nada —respondió Irene.

Y esa fue la mentira más evidente del día.
Adrián observaba el piso desde su despacho con los brazos cruzados. Irene trabajaba como si nada hubiera pasado. Como si la sala de archivos no existiera. Como si esa cercanía no hubiera encendido una alarma que aún resonaba en su cuerpo.
Eso lo irritaba.
Porque significaba que ella también estaba jugando.

—Traiga a Salvatierra —ordenó a su asistente.

Irene entró minutos después.

—¿Me llamó, señor Blackstone?

El apellido volvió a instalarse con fuerza.

—Necesito que revise este informe conmigo —dijo él, señalando la silla frente a su escritorio.

Irene se sentó con calma.
La pantalla mostraba cifras, gráficos, análisis. Nada fuera de lugar. Nada que justificara la reunión.

—Esto pudo enviarlo por correo —dijo ella.

—Pude —respondió él.

Silencio.
Irene lo miró directamente.

—¿Qué está haciendo?

Adrián sostuvo su mirada.

—Controlando la situación.

—¿Cuál de todas? —preguntó.

Él no respondió.

—Esto es un juego —añadió Irene—. Y usted empezó.

Adrián apoyó los codos en el escritorio.

—Usted respondió.

Sus miradas chocaron. No había enojo. Había tensión pura.

—¿Qué quiere probar? —preguntó ella.

—Que nada cambió.

Irene inclinó la cabeza apenas.

—Entonces deje de comportarse como si todo hubiera cambiado.

Eso lo dejó en silencio.

—La profesionalidad es un refugio conveniente —continuó Irene—. Pero no resuelve nada.

—Resuelve lo suficiente —dijo él.

—Para usted, quizá.

Adrián se levantó y rodeó el escritorio lentamente. Se detuvo a un costado de ella, demasiado cerca otra vez.

—No voy a cruzar esa línea —murmuró.

Irene alzó la vista.

—Entonces deje de caminar sobre ella.

El aire se tensó.

—Usted disfruta esto —dijo Adrián.

—Usted también —respondió ella.

Un segundo más y la conversación dejaba de ser segura.
Adrián retrocedió.

—Puede retirarse.

Irene se puso de pie con calma. Antes de salir, habló sin girarse.

—El control no siempre lo tiene quien lo intenta ejercer.

La puerta se cerró.
Adrián quedó solo, con una verdad incómoda golpeándole el pecho:
esto ya no era una guerra.
Era un juego.
Y lo más peligroso no era que Irene supiera jugarlo.
Era que él empezaba a disfrutar perder un poco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.