La cláusula del odio

Capítulo 25

El error no estuvo en una firma.
Ni en una decisión.
Estuvo en un gesto que nadie vio.

Irene lo notó cuando, al final de la tarde, el piso quedó casi vacío y el silencio se volvió más honesto. Adrián salió de su despacho con la chaqueta en la mano, el nudo de la corbata apenas aflojado, y caminó por el pasillo sin la rigidez habitual.
No parecía el CEO.
Parecía un hombre cansado.

—¿Se va? —preguntó Irene desde su oficina.

Adrián se detuvo en el marco de la puerta.

—Debería.

Ella observó el reloj en su pantalla.

—Son casi las nueve.

—Lo sé.

No se movió.
Irene cerró la laptop con suavidad.

—A veces quedarse no resuelve nada.

Adrián apoyó el hombro en la pared. Un gesto mínimo. Humano.

—A veces irse tampoco.

El silencio entre ambos ya no era hostil. Tampoco profesional. Era íntimo de una forma que ninguno sabía manejar.

Irene se levantó y caminó hacia la puerta, quedando frente a él. La distancia era corta. Familiar. Peligrosa.

—¿Qué está haciendo? —preguntó ella en voz baja.

Adrián sostuvo su mirada.

—Cometiendo un error.

Irene sintió cómo el pulso se le aceleraba sin permiso.

—¿Cuál?

—Quedarme aquí.

No fue una frase cargada de intención. Fue honesta. Demasiado.

—Entonces váyase —susurró Irene.

Adrián no se movió.
Y ese fue el error.
No hubo gesto brusco. No hubo impulso desmedido. Solo un segundo en el que ambos dejaron de pensar en jerarquías, en cláusulas, en advertencias elegantes.
Un segundo en el que se miraron como dos personas que estaban cansadas de resistir.

Adrián alzó la mano con lentitud, como si temiera romper algo invisible, y rozó apenas el borde del cabello de Irene, apartándolo de su rostro.
Un gesto mínimo.
Devastador.
Irene no retrocedió.
Ese fue su error.

—No haga eso —murmuró ella.

—Lo sé.

Pero no apartó la mano de inmediato.
El aire parecía suspendido, denso, cargado de todo lo que no habían dicho en semanas. El pasado, el orgullo, el poder… todo se desdibujó en ese instante.
Adrián bajó la mirada a sus labios sin darse cuenta.
Irene lo notó.

Y supo, con una claridad brutal, que estaban a un paso de algo que ya no tendría vuelta atrás.
Apoyó la mano en su pecho, no para acercarlo… sino para detenerlo.

—Esto es un error humano —dijo en voz baja.

Adrián cerró los ojos un segundo.

—Sí.

Se quedaron así, inmóviles, respirando el mismo aire, sintiendo la cercanía como una corriente eléctrica que recorría la piel.

Fue Irene quien rompió el momento.
Dio un paso atrás.
Adrián dejó caer la mano.
La distancia volvió como un golpe de realidad.

—Váyase —repitió ella, esta vez con firmeza.

Adrián asintió. No discutió. No intentó justificarse.
Caminó hacia el ascensor sin mirar atrás.
Irene se quedó de pie en el pasillo vacío, con el pecho apretado y la certeza incómoda instalándose en su mente:
el verdadero peligro no era el pasado.
Ni la empresa.
Ni las amenazas externas.

Era que, por un segundo, ambos habían querido cruzar una línea que jamás debieron siquiera rozar.
Y ahora sabían exactamente cómo se sentía estar al borde.

Ese había sido el error humano.
Y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría después.




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