Al día siguiente, nadie mencionó nada.
Ni el gesto.
Ni la cercanía.
Ni el segundo suspendido en el pasillo que todavía parecía flotar en la memoria de ambos como una fotografía que nadie quería mirar… pero que nadie podía olvidar.
Irene llegó temprano. Más temprano de lo habitual. Se sentó frente a la computadora con la determinación de quien intenta ganarle al pensamiento con trabajo. Revisó informes, respondió correos, organizó pendientes con una precisión casi obsesiva.
El problema no era lo que hacía.
Era lo que evitaba pensar.
Adrián llegó veinte minutos después.
No pasó por su oficina. No la llamó. No la buscó con la mirada a través del cristal como solía hacerlo sin darse cuenta.
Y esa ausencia fue más evidente que cualquier gesto.
La tensión ya no era un choque ocasional. Se había instalado como un tercer elemento permanente entre ellos. Invisible. Persistente. Familiar.
Como una música de fondo que ya nadie notaba, pero que nunca dejaba de sonar.
A media mañana, Adrián pidió verla en la sala de reuniones pequeña.
No en su despacho.
No en un espacio cerrado.
En un lugar neutral.
Irene llegó con una carpeta bajo el brazo y una expresión impecablemente profesional.
—Señor Blackstone.
—Señorita Salvatierra.
El protocolo regresó con fuerza.
Se sentaron frente a frente, separados por la mesa de vidrio. La distancia parecía correcta. Necesaria.
—Revisé su informe —dijo él—. Es sólido.
—Gracias.
Silencio.
Demasiado largo para ser cómodo. Demasiado breve para ser casual.
—Necesitamos preparar la respuesta al directorio —añadió Adrián—. Quiero que la elabore usted.
Irene asintió.
—¿Algo más?
Adrián dudó apenas un segundo.
—No.
Pero no se levantó.
Irene tampoco.
Se miraron sin intención aparente, y aun así la tensión volvió a instalarse entre ellos como si jamás se hubiera ido.
—Esto no es sostenible —dijo Irene finalmente.
Adrián inclinó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Pretender que nada cambió.
—Nada cambió —respondió él.
Irene sostuvo su mirada.
—Entonces deje de comportarse como si tuviera que medir cada palabra.
Eso lo dejó en silencio.
Porque era verdad.
—La tensión no desaparece ignorándola —continuó ella—. Solo se vuelve costumbre.
Adrián apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Y qué propone?
Irene respiró hondo.
—Seguir trabajando. Sin dramatizar lo que pasó.
—No fue dramático —dijo él.
—Fue peligroso.
Un segundo.
Dos.
—No volverá a pasar —añadió Adrián.
Irene asintió.
—Bien.
Y aun así, ambos sabían que el peligro no estaba en el gesto que casi ocurrió.
Estaba en que ahora lo entendían.
Esa tarde coincidieron en el pasillo estrecho cerca de la sala de copias. Se detuvieron apenas para dejarse pasar. Sus hombros se rozaron levemente.
Ninguno se disculpó.
Ninguno retrocedió.
Y, sin embargo, el contacto fue distinto. Ya no accidental. Ya no eléctrico.
Familiar.
Irene siguió caminando con el pulso estable.
Adrián hizo lo mismo.
Porque eso era lo que había cambiado: la tensión ya no sorprendía. Se había integrado a la rutina como un elemento más del día.
No interfería.
No explotaba.
No se iba.
Se quedaba.
Y esa permanencia era mucho más difícil de combatir que cualquier enfrentamiento directo.
Porque cuando la tensión se vuelve costumbre, deja de sentirse como una amenaza.
Empieza a sentirse… como algo que forma parte del vínculo.
Y ninguno de los dos estaba listo para admitirlo.