Los celos no llegaron como una emoción clara.
Llegaron disfrazados de molestia.
Irene lo notó cuando vio a Adrián conversar en el pasillo con Claudia Méndez, la directora de relaciones corporativas. Claudia era elegante, segura, y tenía esa facilidad para invadir espacios personales sin que pareciera una invasión. Reía con suavidad, apoyando apenas la mano en el antebrazo de Adrián mientras hablaba.
Nada fuera de lugar.
Nada indebido.
Y, aun así, Irene sintió una presión incómoda en el pecho.
Se obligó a mirar la pantalla. A seguir leyendo el informe que tenía delante. A ignorar el detalle mínimo que no debía importar.
No importaba.
No tenía por qué.
Adrián percibió la mirada antes de entenderla.
Levantó los ojos y la encontró al fondo del pasillo, sentada en su escritorio, aparentemente concentrada. Demasiado concentrada.
Claudia seguía hablando.
—…podríamos cerrar la alianza esta misma semana si tú lo autorizas —decía ella con una sonrisa—. Como antes.
Como antes.
Esa frase quedó suspendida.
Adrián asintió sin escuchar del todo.
—Revísalo con finanzas.
Claudia inclinó la cabeza.
—Claro. Luego hablamos con más calma.
Se alejó con paso seguro.
Adrián miró hacia Irene otra vez.
Ella ya no lo estaba mirando.
Y eso lo inquietó más de lo que debía.
A media tarde, Adrián entró en su oficina con una excusa innecesaria.
—Necesito el estado actualizado del informe del directorio.
Irene alzó la vista.
—Está en su correo desde hace una hora.
Silencio.
—¿Algo más? —preguntó ella.
Adrián dudó un segundo.
—No.
Pero no se iba.
Irene lo observó con calma.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Ella sostuvo su mirada.
—Entonces deje de actuar como si ocurriera algo.
Adrián frunció apenas el ceño.
—No estoy actuando de ninguna forma.
Irene cerró la laptop con suavidad.
—Sí lo está.
Silencio.
—Claudia trabaja aquí desde hace años —dijo él, sin saber exactamente por qué.
Irene parpadeó, sorprendida.
—¿Y?
—Nada —repitió.
Ella inclinó la cabeza.
—No tiene que explicarme con quién habla.
—No estoy explicando.
—Entonces deje de hacerlo.
El aire se tensó.
Adrián dio un paso hacia el interior de la oficina.
—No me gusta que la miren como la miran.
Irene sostuvo su mirada sin parpadear.
—¿Cómo me miran?
Él tardó en responder.
—Como si intentaran descifrar qué lugar ocupa aquí.
Irene soltó una risa baja.
—Eso mismo hacen conmigo cuando lo ven hablar con Claudia.
El silencio fue inmediato.
—Eso no es lo mismo —dijo Adrián.
—Exacto —respondió ella—. No es lo mismo.
Se miraron largo rato.
—Esto es ridículo —murmuró Irene.
—Sí.
—No existe.
—No.
Pero ninguno apartó la mirada.
Porque ambos sabían exactamente qué era lo que estaban negando.
No eran celos evidentes. No eran reproches. No eran reclamos.
Era algo más sutil y más peligroso: la incomodidad de ver al otro ocupar un espacio que, sin darse cuenta, habían empezado a considerar propio.
—Volvamos al trabajo —dijo Irene finalmente.
Adrián asintió.
Salió de la oficina con la sensación incómoda de haber perdido el control sobre algo que no tenía nombre.
Irene volvió a abrir la laptop con el pulso un poco más acelerado de lo que estaba dispuesta a admitir.
Porque lo que sentían no podía llamarse celos.
Pero tampoco podía llamarse indiferencia.
Y esa zona gris, silenciosa, negada por ambos…
era exactamente donde empezaban los problemas reales.