La cláusula del odio

Capítulo 29

El correo llegó al final del día, cuando la mayoría ya pensaba en irse.

Asunto: Reunión extraordinaria — Cliente estratégico
Ubicación: Madrid
Asistencia requerida: A. Blackstone / I. Salvatierra
Salida: Mañana, 06:10 a. m.

Irene leyó la notificación dos veces.
Viajar no era raro.
Viajar juntos… sí.

Se levantó y caminó hasta el despacho de Adrián sin anunciarse. Él ya tenía el abrigo puesto, el teléfono en la mano, como si estuviera esperando exactamente eso.

—Lo vio —dijo.

Irene asintió.

—¿Es necesario que vaya?

—Sí.

No hubo explicación adicional.

—¿Por qué yo?

Adrián la miró con calma.

—Porque confío en usted.

Esa respuesta fue más directa de lo que Irene esperaba. No dijo nada. Solo sostuvo su mirada un segundo más y salió.

El viaje ya no era logístico.
Era otra cosa.

El aeropuerto a esa hora tenía una quietud engañosa. Luces blancas, anuncios lejanos, gente moviéndose con prisa silenciosa.

Irene llegó con el cabello recogido y el blazer oscuro perfectamente ajustado. Adrián ya estaba allí, revisando algo en su tablet.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días.

Nada más.

Se sentaron uno junto al otro en la sala de embarque. No hablaban, pero la cercanía era distinta fuera de la oficina. No había paredes de cristal. No había empleados observando. No había jerarquías visibles.
Solo dos personas esperando el mismo vuelo.

—Odio volar temprano —murmuró Irene.

Adrián giró la cabeza apenas.

—Yo también.

Fue una conversación mínima. Extrañamente normal.
En el avión, los asientos estaban juntos.
Irene lo notó cuando la azafata indicó sus lugares. No dijeron nada. Se acomodaron con la naturalidad forzada de quienes prefieren no señalar lo evidente.
El avión despegó en silencio.

A mitad del vuelo, Irene cerró los ojos intentando descansar. No lo logró. Sentía la presencia de Adrián demasiado cerca. El brazo de él apoyado en el apoyabrazos compartido. La respiración estable. El espacio reducido que obligaba a una proximidad imposible de ignorar.

En algún momento, sin darse cuenta, su cabeza se inclinó levemente hacia su lado.

Adrián lo notó.
No se movió.
No por cortesía.
Porque no quiso.

Se quedó así, mirando al frente, sintiendo el peso leve de ella cerca de su hombro sin atreverse a hacer nada que pudiera romper ese equilibrio frágil.
El tiempo pasó lento. Suspendido.

Cuando Irene abrió los ojos, se dio cuenta de la cercanía y se incorporó de inmediato.

—Lo siento —murmuró.

—No pasa nada —respondió él, demasiado rápido.

Se miraron un segundo.
Demasiado.

Madrid los recibió con un cielo gris y aire frío. El trayecto al hotel fue silencioso. Irene miraba por la ventana. Adrián revisaba correos que no estaba leyendo.

El lobby del hotel era elegante, discreto. El recepcionista sonrió con profesionalidad impecable.

—Habitación doble ejecutiva, señor Blackstone.

Irene parpadeó.
Adrián frunció el ceño.

—Doble, pero con dos camas, supongo.

El recepcionista revisó la pantalla.

—Me temo que solo queda una disponible con cama king. Hubo un error con las reservas del evento.

Silencio.
Irene miró a Adrián.
Adrián miró al recepcionista.

—Busque otra habitación —dijo él.

—No hay disponibilidad en este hotel —respondió el hombre con calma—. Y los hoteles cercanos están completos por la convención.

Un segundo.
Dos.
Irene respiró hondo.

—Está bien.

Adrián la miró.

—No.

—Es solo una noche —dijo ella—. Podemos manejarlo.

El recepcionista entregó la tarjeta.
Subieron en el ascensor sin hablar.
La puerta de la habitación se abrió con un clic suave.
Una cama grande.
Un espacio demasiado íntimo.

Irene dejó su maleta junto al sillón sin comentar nada. Adrián se quedó de pie, evaluando el cuarto como si fuera un problema estratégico.

—Yo puedo dormir en el sillón —dijo él.

—No sea ridículo —respondió ella—. La cama es suficientemente grande.

Silencio.
Se miraron.
Y ambos entendieron, con una claridad incómoda, que el verdadero problema no era logístico.

Era que ese viaje los había sacado por completo del territorio seguro donde sabían cómo comportarse.

Aquí no había oficina.
No había reglas visibles.
Solo ellos.

Y una noche que prometía ser mucho más larga de lo que cualquiera de los dos estaba preparado para admitir.




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