La cláusula del odio

Capítulo 30

La puerta se cerró con un clic suave que sonó más fuerte de lo que debería.

Irene dejó la tarjeta sobre la mesa y recorrió la habitación con la mirada, como si evaluara un terreno desconocido. No era el tamaño. No era la decoración impecable. Era la conciencia constante de que, por primera vez desde que todo había empezado, no había una excusa profesional que delimitara el espacio entre ellos.

No había escritorios.
No había cristales.
No había testigos invisibles.

Solo una cama demasiado grande en el centro del cuarto.

—Puedo pedir sábanas extra —dijo Adrián, dejando su maleta junto al sillón—. Hacemos una división simbólica.
Irene soltó una risa breve.

—Eso haría que fuera más incómodo.

Adrián la miró un segundo, entendiendo que tenía razón.
El silencio que siguió no era hostil. Era expectante.

—Voy a ducharme —dijo Irene, tomando su neceser—. Necesito quitarme el día de encima.

Adrián asintió.

—Claro.

La puerta del baño se cerró y el sonido del agua llenó la habitación.

Adrián se quedó de pie, inmóvil, mirando un punto fijo en la pared como si necesitara anclar la mente a algo concreto. Respiró hondo. Se quitó el saco, aflojó la corbata, y se sentó en el borde del sillón.
No era la situación.
Era lo que la situación despertaba.

Cuando Irene salió, el cabello aún húmedo, con una camiseta amplia y pantalones cómodos, el ambiente cambió sin que ninguno lo señalara. Ella ya no parecía la profesional impecable del día. Parecía… ella.

—Su turno —dijo, evitando mirarlo demasiado tiempo.

Adrián tomó su ropa y entró al baño sin añadir nada.
Irene se sentó en el borde de la cama y miró sus manos unos segundos. El silencio del cuarto era distinto al de la oficina. Más honesto. Más cercano.

Cuando Adrián salió, con una camiseta oscura y el cabello aún húmedo, Irene levantó la vista sin querer.
Y lo notó.
La vulnerabilidad que daba la ausencia del traje, del uniforme que siempre lo protegía.

—Deberíamos dormir —dijo ella, más para romper el momento que por convicción.

—Sí.

Se acomodaron en lados opuestos de la cama, dejando un espacio prudente en el centro, como si fuera una frontera invisible.

Las luces se apagaron.
La oscuridad, sin embargo, no trajo calma.

Irene sentía cada movimiento mínimo. El roce leve de las sábanas. La respiración de Adrián a pocos centímetros. El conocimiento constante de que estaba allí.

—¿Está despierta? —preguntó él en voz baja.

—Sí.

Silencio.

—Esto fue una mala planificación.

Irene soltó una risa apenas audible.

—Una noche mal calculada.

Hubo un segundo en el que ambos sonrieron en la oscuridad sin verse.

El problema no era la cercanía física.
Era la conciencia de ella.

Irene se giró sin pensar demasiado, buscando una posición más cómoda.
Y su brazo rozó el de Adrián.
Se quedaron quietos.
Ninguno se apartó de inmediato.
La respiración de ambos cambió apenas. No por intención. Por reacción.

—Deberíamos… —empezó Irene.

—Sí —respondió él, sin completar la frase.

Pero no se movieron.
El silencio se llenó de todo lo que no estaban diciendo. De cada mirada sostenida en semanas. De cada conversación que había bordeado un límite sin cruzarlo.
Irene abrió los ojos en la oscuridad, sabiendo que Adrián estaba tan despierto como ella.

—Esto no debería ser tan difícil —murmuró.

—No lo sería —respondió él— si no supiéramos exactamente por qué lo es.

El aire parecía más denso, más cálido.
Irene giró apenas la cabeza. Sabía que si extendía la mano, lo tocaría.
No lo hizo.
Ese fue el último intento de control.

Porque en algún momento de la noche, sin saber exactamente cuándo, la distancia se acortó sola. Un movimiento inconsciente. Un cambio de postura. Una búsqueda instintiva de comodidad que terminó dejándolos demasiado cerca.

Y, por primera vez, ninguno retrocedió.
No hubo palabras.
No hubo decisiones habladas.
Solo la aceptación silenciosa de una cercanía que ya no podían fingir que no existía.

La noche fue larga.
Demasiado consciente.
Demasiado cercana.

Y cuando finalmente el sueño los venció, ambos sabían que al despertar nada habría cambiado oficialmente…
Pero algo, inevitablemente, ya no sería igual.




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