Despertar fue peor que la noche.
Irene abrió los ojos con la sensación difusa de haber dormido poco y pensado demasiado. Tardó un segundo en reconocer el techo del hotel, la luz gris filtrándose por las cortinas… y el peso tibio a pocos centímetros de su cuerpo.
Adrián.
Estaban de lado, frente a frente, separados por una distancia mínima que ya no parecía accidental. Su brazo rozaba el de ella. Sus respiraciones se encontraban en el mismo espacio.
Irene se incorporó con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera romper algo que no sabía nombrar.
Adrián abrió los ojos casi al mismo tiempo.
Se miraron.
Ninguno sonrió. Ninguno habló.
Ese fue el momento exacto en que ambos entendieron que no podían permitir que lo ocurrido durante la noche tuviera significado.
—Buenos días —dijo él, con una voz que intentaba sonar neutra.
—Buenos días.
La formalidad regresó como un reflejo.
Irene se levantó primero y caminó hacia el baño sin mirarlo de nuevo. Cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, respirando hondo.
No había pasado nada.
Nada que pudiera señalarse. Nada que pudiera explicarse. Nada que justificara la sensación incómoda que le recorría el pecho.
Y, aun así, algo había cambiado.
Se miró al espejo.
—No pasó nada —se dijo en voz baja.
Repitió la frase dos veces más.
Cuando salió, Adrián ya estaba vestido con el traje impecable, el nudo de la corbata perfectamente ajustado. La armadura había vuelto a su lugar.
—El desayuno está en el restaurante del hotel —dijo él—. La reunión es en una hora.
Irene asintió.
—Perfecto.
El tono era profesional. Distante. Seguro.
Exactamente como debía ser.
Bajaron juntos al lobby sin tocarse, sin mirarse más de lo necesario. Dos colegas en viaje de trabajo. Nada más.
En el restaurante, se sentaron frente a frente con una mesa de por medio que se sintió como una barrera conveniente.
—Revisé la presentación anoche —dijo Adrián, mirando su café—. Está bien.
—Gracias.
Silencio.
—Lo de anoche… —empezó él.
Irene levantó la mirada con rapidez.
—No pasó nada.
Adrián sostuvo su mirada unos segundos.
—Correcto.
Esa palabra selló el pacto.
Nada pasó.
Nada cambió.
Nada debía sentirse diferente.
Durante la reunión con el cliente, ambos fueron impecables. Sin errores. Sin distracciones. Coordinados con una precisión casi mecánica.
Si alguien los hubiera observado, habría visto a dos profesionales eficientes, perfectamente alineados, sin rastro alguno de tensión personal.
Y, sin embargo, la tensión seguía ahí. Más silenciosa. Más profunda.
Cuando salieron del edificio, el aire frío de Madrid golpeó el rostro de Irene con fuerza.
—¿Listos para volver? —preguntó ella.
—Sí.
Caminaron hacia el auto sin hablar.
La negación era cómoda. Necesaria. Estratégica.
Pero también era frágil.
Porque ambos sabían que lo difícil no había sido la noche.
Había sido despertar.
Y decidir, sin decirlo, que todo aquello quedaría enterrado bajo una capa de profesionalismo tan perfecta… que nadie, ni siquiera ellos, pudiera atravesarla sin consecuencias.