Los rumores no necesitan pruebas.
Necesitan miradas.
Irene lo sintió apenas cruzó las puertas de Blackstone Corp al regresar del viaje. No fue inmediato. Fue sutil. Una conversación que se interrumpía medio segundo tarde. Una sonrisa que desaparecía apenas ella pasaba. Un silencio que no existía antes.
Algo había cambiado.
Y no era el trabajo.
—¿Te fue bien en Madrid? —preguntó Marcos con un tono demasiado casual.
—Sí —respondió Irene, dejando su bolso sobre el escritorio—. Productivo.
Marcos asintió, pero su mirada se desvió un segundo hacia el despacho de Adrián, detrás del cristal.
Eso fue suficiente.
—¿Qué pasa? —preguntó Irene.
—Nada —dijo él demasiado rápido—. Solo… la gente habla.
Irene sintió un leve endurecimiento en la mandíbula.
—¿Sobre qué?
Marcos dudó.
—Sobre que el CEO ya no viaja con cualquiera.
El golpe fue limpio.
Irene sostuvo su mirada sin reaccionar.
—Eso es ridículo.
—Lo sé —respondió él—. Pero aquí las historias se inventan solas cuando faltan explicaciones.
Irene giró la vista hacia el despacho de Adrián. Él estaba de pie, revisando algo en su escritorio, ajeno —o fingiendo estarlo— al murmullo que empezaba a crecer.
Los rumores no eran ruidosos.
Eran persistentes.
A media mañana, Claudia Méndez se acercó a su escritorio con una sonrisa amable.
—Madrid debió ser agotador —comentó.
Irene levantó la vista con calma.
—Fue trabajo.
Claudia inclinó la cabeza.
—Claro. Solo trabajo.
La forma en que lo dijo no fue acusatoria. Fue curiosa.
Eso fue peor.
—¿Necesitas algo? —preguntó Irene.
—No. Solo quería saludarte.
Se alejó con paso elegante, dejando una sensación incómoda flotando en el aire.
Irene respiró hondo.
No había pasado nada.
Y, aun así, todos parecían sentir que sí.
Adrián la llamó a su despacho una hora después.
—Cierre la puerta.
Irene obedeció.
—¿Ya lo notó? —preguntó él.
—Sí.
Silencio.
—Esto era predecible —añadió Adrián—. Viaje, decisiones recientes, cambio de dinámica…
—No hicimos nada —dijo Irene.
Adrián sostuvo su mirada.
—Lo sé.
—Entonces no debería importar.
—Aquí importa todo lo que se pueda interpretar.
El silencio entre ambos se cargó de frustración.
—¿Va a decir algo? —preguntó ella.
—No.
Irene frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—Porque dar explicaciones valida lo que no existe.
Ella asintió lentamente.
—Entonces dejamos que hablen.
—Exacto.
Pero ambos sabían que no era tan simple.
Los rumores no dañaban por lo que decían.
Dañaban por lo que insinuaban.
—Esto puede afectarla más a usted que a mí —añadió Adrián.
Irene sostuvo su mirada con firmeza.
—No me preocupa.
—A mí sí.
La frase quedó suspendida entre ellos.
—No debería —respondió ella.
—Lo sé.
Silencio.
El problema no era el rumor.
Era que tocaba una verdad que ninguno estaba dispuesto a reconocer.
—Volvamos al trabajo —dijo Irene finalmente.
Adrián asintió.
Cuando salió del despacho, las miradas en el pasillo parecieron más evidentes. No acusaban. Observaban.
Y eso era suficiente.
Porque el rumor ya estaba instalado.
No como un escándalo.
Como una sospecha elegante.
Y en un lugar donde la percepción pesaba tanto como la realidad, eso podía ser más peligroso que cualquier verdad.