Las fronteras no siempre se rompen con un gesto.
A veces se desgastan en silencio… hasta que dejan de existir.
Irene lo sintió desde temprano. No fue un evento puntual. Fue una acumulación: miradas que ya no se disimulaban, conversaciones que duraban más de lo necesario, una familiaridad que se había instalado entre ellos con una naturalidad inquietante.
Ya no medían cada palabra.
Ya no necesitaban hacerlo.
Y eso era exactamente el problema.
La tarde se extendió más de lo previsto. Una tormenta inesperada golpeaba los ventanales del piso treinta y dos con una lluvia persistente que oscurecía el cielo antes de tiempo.
La mayoría del personal se había ido. Solo quedaban luces encendidas aquí y allá, como pequeñas islas de trabajo en medio del silencio.
Irene salió de su oficina con un informe en la mano. Caminó hacia el despacho de Adrián sin anunciarse.
Él estaba de pie junto al ventanal, observando la lluvia como si el ruido del agua le diera algo en qué pensar.
—Traje lo que pidió —dijo ella.
Adrián se giró lentamente.
—Déjelo ahí.
Irene avanzó hasta el escritorio, dejó el documento y se quedó de pie, sin saber por qué no se iba de inmediato.
La lluvia golpeaba el cristal con un ritmo constante. El aire parecía más denso, más íntimo.
—Esto ya no se siente igual —dijo Adrián, sin rodeos.
Irene sostuvo su mirada.
—No.
No fingieron no entender.
—Las reglas que intentamos mantener —añadió él— ya no funcionan.
—Porque nunca fueron suficientes —respondió ella.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue honesto.
Adrián dio un paso hacia el centro de la oficina. Irene no retrocedió.
—Estamos cruzando límites que no deberíamos —dijo él.
—Los cruzamos hace rato —corrigió ella.
La distancia entre ambos se redujo sin que ninguno pareciera decidirlo.
No había tensión agresiva.
Había claridad.
—Dígame que me detenga —murmuró Adrián.
Irene lo miró con una calma que no sentía.
—No puedo.
Esa fue la frontera que se rompió.
No hubo prisa. No hubo impulso. Solo una cercanía consciente, aceptada, donde por primera vez ninguno fingió que no quería estar ahí.
Adrián alzó la mano con lentitud y rozó la mejilla de Irene con la yema de los dedos, como si confirmara que era real.
Irene cerró los ojos un segundo.
No para huir.
Para sentir.
El beso no fue brusco. Fue inevitable.
Corto. Contenido. Cargado de todo lo que habían evitado durante semanas.
Cuando se separaron, el silencio volvió, pero ya no era el mismo.
Ambos respiraban distinto.
—Esto cambia todo —dijo Irene en voz baja.
—Sí.
Pero ninguno se apartó.
Porque lo que acababa de ocurrir no fue un accidente.
Fue la consecuencia natural de una tensión que llevaba demasiado tiempo acumulándose.
Y, por primera vez, no intentaron justificarlo.
Las fronteras no se habían cruzado por error.
Se habían roto porque ya no tenía sentido fingir que existían.