La cláusula del odio

Capítulo 38

La protección no siempre se ve como un gesto heroico.
A veces se nota en lo que se evita.

Irene lo entendió cuando, durante la reunión semanal con el equipo ejecutivo, Adrián interrumpió una pregunta dirigida a ella antes de que pudiera responder.

—Eso lo revisé yo —dijo él con firmeza—. La responsabilidad es mía.

La sala quedó en silencio un segundo más de lo necesario.
Irene lo miró sin disimular la sorpresa.
La pregunta no era difícil. Tampoco comprometía nada. Podía responderla perfectamente.
Pero Adrián no la dejó.

—Continuemos —añadió él, pasando a otro punto.

La reunión siguió como si nada hubiera ocurrido, pero la tensión ya estaba instalada.
Al terminar, Irene lo alcanzó en el pasillo.

—¿Qué fue eso? —preguntó en voz baja.

Adrián no fingió no entender.

—Nada.

—No necesito que me cubra.

—No lo hice.

Irene sostuvo su mirada.

—Sí lo hizo.

Adrián se detuvo.

—Estaban buscando una forma de cuestionar su criterio.

—Eso forma parte del trabajo —respondió ella—. No me debilita.

—A mí sí —dijo él sin pensarlo.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier discusión previa.
Irene cruzó los brazos.

—No puede empezar a actuar diferente conmigo delante de los demás.

—No estoy actuando diferente.

—Sí lo está —insistió ella—. Y se nota.

Adrián apretó la mandíbula.

—No voy a permitir que la usen para atacarme.

—No soy un punto vulnerable.

—No quiero que lo sea.

Ahí estaba el problema.
La protección no venía del poder. Venía de algo mucho más personal.

—Esto es exactamente lo que no puede pasar —dijo Irene—. No puede protegerme porque siente algo.

Adrián la miró fijo.

—No puedo evitarlo.

La honestidad cayó sin filtro.
Irene respiró hondo.

—Entonces va a tener que aprender.

—No es tan fácil.

—Lo sé —respondió ella—. Pero si sigue haciéndolo, van a notarlo.

Adrián guardó silencio.
Porque sabía que tenía razón.

Esa tarde, en otra reunión, Irene notó el cambio. Adrián se mantuvo al margen, dejándola hablar, responder, defender su postura sin intervenir.
Pero el esfuerzo se notaba.
Y eso también era visible.
Cuando quedaron solos más tarde en su despacho, Irene cerró la puerta con suavidad.

—Gracias —dijo.

Adrián levantó la vista.

—¿Por qué?

—Por no hacerlo otra vez.

Él asintió apenas.

—Me costó.

Irene lo miró con atención.

—Lo sé.

Se miraron en silencio unos segundos.

—Esto no puede convertirse en algo que me reste credibilidad —añadió ella.

—Nunca lo permitiría.

—Entonces deje de protegerme.

Adrián sostuvo su mirada con una mezcla de frustración y aceptación.

—Está bien.

Pero ambos sabían que no era tan simple.
Porque la protección indebida no nacía del deseo de controlar.

Nacía del miedo a que algo —o alguien— pudiera dañarla.

Y ese tipo de miedo no se apaga con decisiones racionales.
Se disfraza.
Se esconde.

Y espera el momento menos indicado para volver a aparecer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.