La cláusula del odio

Capítulo 39

El miedo de Adrián no se veía.
Se organizaba.

Se escondía en agendas llenas, en reuniones encadenadas, en decisiones rápidas que no dejaban espacio para pensar. Trabajaba más horas de las necesarias, revisaba detalles que antes delegaba, ocupaba su mente con todo lo que pudiera evitarle una sola pregunta incómoda:

¿En qué momento Irene dejó de ser una variable profesional… y se convirtió en un riesgo personal?
No para su reputación.
Para su control.

Esa noche, el piso treinta y dos estaba casi vacío cuando Irene pasó frente a su despacho. La luz seguía encendida. Dudó un segundo, luego tocó suavemente y entró sin esperar respuesta.

Adrián estaba de pie, mirando un gráfico en la pantalla sin realmente verlo.

—Debería irse —dijo ella.

—Ya voy.

No se movió.
Irene se acercó despacio.

—Está evitando algo.

Adrián soltó una risa baja, sin humor.

—Estoy trabajando.

—No —respondió ella con calma—. Está huyendo.

Eso lo obligó a mirarla.
El cansancio en sus ojos era evidente. No físico. Mental.

—¿De qué? —preguntó.

Irene sostuvo su mirada.

—De lo que está sintiendo.

El silencio se volvió espeso.
Adrián apoyó las manos en el escritorio.

—Usted no entiende.

—Explíqueme.

Tardó en hablar.

—No me asusta lo que pueda pensar la empresa —dijo al fin—. Me asusta no reconocerme en esto.

Irene frunció el ceño.

—¿En qué sentido?

Adrián respiró hondo.

—He construido toda mi vida sobre control. Decisiones claras. Límites definidos. Y ahora… usted aparece y nada de eso funciona igual.

Irene lo escuchó sin interrumpir.

—No puedo anticipar cómo voy a reaccionar —continuó él—. No puedo predecir qué voy a sentir. Y eso… me desarma.

Ahí estaba.
El miedo.
No a perder el poder.
A perder la estructura que lo sostenía.

—No está perdiendo el control —dijo Irene con suavidad—. Está aprendiendo a no depender de él.

Adrián negó con la cabeza.

—No es tan simple.

—No —admitió ella—. Pero tampoco es algo que deba temer.

Él la miró con una mezcla de honestidad y vulnerabilidad que rara vez mostraba.

—Tengo miedo de lastimarla.

La frase cayó con un peso inesperado.
Irene dio un paso más cerca.

—No puede protegerme de todo.

—No quiero ser el motivo de su dolor.

Irene sostuvo su mirada.

—Ya lo fue una vez. Y aquí estamos.

Eso lo desarmó más que cualquier argumento.

—No quiero repetir errores —murmuró.

—Entonces no los repita —respondió ella—. Pero no huya de esto por miedo a que exista.

El silencio se volvió más suave.

—No sé hacer esto —admitió Adrián.

Irene esbozó una sonrisa leve.

—Yo tampoco.

Se miraron unos segundos, compartiendo algo nuevo: la aceptación de que ambos estaban fuera de terreno conocido.

—Váyase a casa —dijo ella finalmente.

Adrián asintió.
Apagó la pantalla, tomó su saco y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Gracias.

Irene inclinó la cabeza.
Porque ahora entendía algo que antes no había visto con tanta claridad:

Adrián Blackstone no temía lo que sentía por ella.
Temía no saber cómo manejarlo sin destruir algo en el proceso.

Y ese miedo… lo estaba volviendo más humano de lo que él mismo estaba dispuesto a aceptar.




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