La cláusula del odio

Capítulo 40

Irene siempre había creído que su fortaleza estaba en no necesitar a nadie.

En no depender.
En no esperar.
En no permitir que alguien tuviera el poder de alterar su equilibrio.

Durante años, esa fue su defensa más eficaz.
Hasta que dejó de serlo.

La mañana comenzó normal. Correos, reuniones, informes. Irene se movía por el piso treinta y dos con la seguridad habitual, respondiendo preguntas, organizando tareas, participando en decisiones como si nada dentro de ella estuviera cambiando.

Pero algo estaba distinto.
No era el trabajo.

Era el peso invisible que sentía cada vez que pasaba frente al despacho de Adrián y no lo veía.
Había salido temprano a una reunión externa. No avisó directamente. Solo dejó instrucciones con su asistente.
Y, aun así, Irene notó su ausencia como si faltara algo físico en el espacio.
Eso la incomodó.

Se obligó a concentrarse en la pantalla. A leer el mismo párrafo tres veces sin entenderlo. A fingir que la inquietud no tenía sentido.

—¿Estás bien? —preguntó Marcos, asomándose a su oficina.

—Sí —respondió demasiado rápido.

Él la observó un segundo más.

—Hoy estás distraída.

Irene bajó la mirada.

—No dormí bien.

No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.

A media tarde, el teléfono vibró sobre su escritorio.
Un mensaje breve.

Se retrasó la reunión. Llego en una hora.

Nada más.
Irene leyó el texto dos veces. Sintió un alivio inmediato que no pudo controlar.
Y ahí entendió.

Esa era su debilidad.

No el deseo.
No el conflicto.
No la tensión.

Era que empezaba a importarle demasiado su presencia.

Demasiado su voz.
Demasiado su ausencia.

Y eso era algo que nunca había permitido antes.

Cuando Adrián regresó, Irene evitó mirarlo de inmediato. Sabía que si lo hacía, él notaría algo.
Y tenía razón.

—¿Todo bien? —preguntó Adrián desde el marco de la puerta.

Irene alzó la vista.

—Sí.

Él la observó un segundo más de lo normal.

—No parece.

Irene respiró hondo.

—Estoy bien.

Adrián no insistió. Pero no se fue.

—¿Qué pasa? —preguntó al fin.

Irene dudó.
Porque decirlo en voz alta lo volvía real.

—Nada que tenga que ver con el trabajo.

Eso captó su atención.
Adrián entró y cerró la puerta con suavidad.

—Entonces tiene que ver conmigo.

No fue una pregunta.
Irene sostuvo su mirada.

—Eso es lo que me preocupa.

El silencio se volvió más íntimo.

—Explíquese —dijo él.

Irene bajó la mirada un segundo antes de volver a levantarla.

—Siempre he sabido moverme sin que nadie altere mi equilibrio. Y ahora… usted lo hace sin siquiera intentarlo.

Adrián no habló.

—Eso me incomoda —añadió ella—. Porque no sé cómo manejarlo.

La honestidad dolía un poco.

—No es una debilidad —dijo él en voz baja.

—Para mí sí —respondió Irene—. Porque significa que estoy dejando que alguien tenga un lugar que nunca permití.

Adrián la miró con una atención distinta. No protectora. Comprensiva.

—No tiene que dejar de ser fuerte para sentir algo —dijo.

Irene negó con la cabeza.

—Pero sí tengo que aceptar que ya no soy tan invulnerable como creía.

El silencio entre ambos se volvió suave.

—Eso no la hace débil —repitió Adrián.

Irene sostuvo su mirada.

—Me hace humana. Y eso me asusta más que cualquier otra cosa.

Adrián dio un paso más cerca, pero sin invadir su espacio.

—No está sola en eso.

Irene esbozó una sonrisa leve.
Porque entendía algo con claridad incómoda:
su debilidad no era amar.
Era necesitar.
Y Adrián Blackstone, sin proponérselo, ya se había convertido en alguien cuya presencia necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.




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