La cláusula del odio

Capítulo 41

La cláusula original estaba escrita en papel.
Firmada. Sellada. Archivada.
Pero la nueva… no.

Irene la sintió esa mañana sin necesidad de leer nada: una regla silenciosa que había nacido entre ellos y que ninguno había redactado, pero ambos obedecían.

No tocar el tema.
No cruzar ciertos gestos en público.
No permitir que lo personal alterara lo profesional.
Una cláusula emocional.
Y, a diferencia de la primera, esta no tenía términos claros.

—Necesito que revisemos el informe antes del mediodía —dijo Adrián desde su despacho.

Irene entró con la carpeta bajo el brazo. Se sentó frente a él sin hablar demasiado.

Trabajaron en silencio durante varios minutos. Cifras, ajustes, decisiones pequeñas que antes habrían discutido con más intensidad.
Ahora, la energía era distinta.
Más contenida.
Más cuidadosa.

—¿Se da cuenta? —preguntó Irene de repente.

Adrián levantó la vista.

—¿De qué?

—Estamos midiendo cada palabra.

Adrián sostuvo su mirada.

—Porque sabemos que cualquier cosa puede inclinar la balanza.

Irene asintió lentamente.

—Eso es una cláusula.

Él entendió de inmediato.

—Una que no firmamos —añadió Adrián.

—Pero que estamos cumpliendo.

Silencio.
La tensión entre ambos ya no era eléctrica. Era consciente. Administrada.

—No podemos permitir que esto se desborde —dijo él.

—Ni que desaparezca —respondió Irene.

Esa era la parte difícil.
Adrián apoyó los codos en el escritorio.

—Estamos intentando encontrar un punto intermedio que no existe.

Irene inclinó la cabeza.

—Lo sé.

Porque no había una forma limpia de manejar algo que no había nacido limpio.

—¿Qué hacemos con esto? —preguntó él.

Irene tardó en responder.

—Lo mismo que hicimos con la cláusula inicial —dijo al fin—. Respetarla mientras exista.

Adrián frunció apenas el ceño.

—¿Y si deja de existir?

Irene sostuvo su mirada.

—Entonces tendremos que hablar de lo que significa.

El silencio volvió, pero no incómodo.

—No quiero que esto se convierta en algo que tengamos que esconder —dijo Adrián.

—Tampoco quiero que se convierta en algo que nos obligue a tomar decisiones antes de tiempo.

Esa era la verdad.
Ambos sabían que estaban caminando sobre una línea muy fina. No querían retroceder, pero tampoco estaban listos para avanzar.
La cláusula emocional era su forma de sostener ese equilibrio.

—No pensé que esto sería tan complejo —murmuró Adrián.

Irene esbozó una sonrisa leve.

—Porque nunca estuvo en sus planes.

—Ni en los suyos.

Se miraron unos segundos más.

—Seguimos trabajando —dijo Irene finalmente.

Adrián asintió.
Pero ambos sabían que, a diferencia del contrato firmado semanas atrás, esta nueva cláusula no se rompía con una firma.

Se rompía con un sentimiento que ya estaba creciendo demasiado como para seguir administrándolo en silencio.




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