Rendirse siempre le había parecido a Irene una palabra peligrosa.
Sonaba a derrota.
A pérdida.
A dejar que algo la superara.
Pero esa mañana, mientras caminaba por el pasillo hacia el despacho de Adrián, entendió que quizá había otra forma de verla.
Rendirse no era caer.
A veces era dejar de resistir algo que ya estaba ahí.
Adrián estaba sentado frente a la pantalla cuando ella entró. No levantó la vista de inmediato, pero sabía que era ella. Se notaba en la forma en que su postura se relajó apenas.
—Tenemos que revisar la propuesta del directorio —dijo él.
Irene dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Lo sé.
No se sentó. Se quedó de pie, observándolo.
Adrián levantó la mirada finalmente.
—¿Qué pasa?
Irene respiró hondo.
—Estoy cansada de fingir que esto no nos afecta.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue inevitable.
Adrián se recostó en la silla.
—Yo también.
Irene dio un paso más cerca.
—No me refiero a lo que hacemos en público. Me refiero a lo que hacemos cuando estamos solos.
Adrián sostuvo su mirada con una franqueza nueva.
—Estamos intentando controlarlo.
—Y no está funcionando.
La verdad era simple. Brutal.
—No quiero seguir luchando contra algo que ya es evidente —añadió Irene.
Adrián guardó silencio unos segundos.
—¿Eso significa…? —empezó.
Irene asintió apenas.
—Significa que quizá rendirse no sea lo mismo que perder.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Adrián se puso de pie despacio. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar frente a ella.
—Rendirse implicaría aceptar lo que sentimos sin intentar disfrazarlo —dijo.
—Exacto.
El aire entre ellos cambió. No era tensión. Era claridad.
—Y eso da miedo —añadió él.
—Mucho.
Se miraron en silencio.
Por primera vez, ninguno intentó retroceder ni justificar lo que estaba pasando.
—No quiero seguir midiendo cada gesto —dijo Irene.
—Ni yo.
—No quiero seguir fingiendo que esto es solo una distracción.
—Tampoco yo.
El espacio entre ambos se redujo de forma natural. Sin urgencia. Sin presión.
—Entonces… —murmuró Adrián.
Irene sostuvo su mirada.
—Entonces dejemos de luchar.
No se besaron de inmediato. No hacía falta.
La rendición no fue física. Fue emocional.
Un acuerdo silencioso de que, a partir de ese momento, dejarían de tratar lo que sentían como un problema que había que controlar.
Adrián apoyó la frente suavemente contra la de Irene.
Un gesto mínimo. Profundo.
—Rendirse no es caer —repitió él en voz baja.
Irene cerró los ojos un segundo.
—Es dejar de resistir.
Y, por primera vez desde que todo había empezado, ambos sintieron algo parecido a paz.
Porque aceptar lo que sentían no resolvía el conflicto externo.
Pero sí terminaba la guerra interna que llevaban semanas librando en silencio.