Las consecuencias no llegaron con ruido.
Llegaron con miradas que duraban un segundo más de lo normal.
Irene lo sintió apenas salió del despacho de Adrián esa mañana. No había ocurrido nada visible. Ningún gesto fuera de lugar. Ninguna palabra que pudiera interpretarse mal.
Y, aun así, el ambiente estaba distinto.
Más atento.
Más observador.
Como si el piso treinta y dos hubiera desarrollado una sensibilidad nueva para detectar cambios que nadie podía explicar.
—¿Todo bien? —preguntó Claudia Méndez al cruzarse con ella en el pasillo.
—Sí —respondió Irene con naturalidad.
Claudia sonrió, pero sus ojos parecían estar buscando algo más.
Eso fue suficiente.
Adrián también lo notó.
En la reunión con el director financiero, las preguntas parecían tener un tono diferente. No más agresivas. Más inquisitivas.
—¿Está seguro de delegar tanto en Salvatierra? —preguntó el hombre con aparente neutralidad.
Adrián sostuvo su mirada.
—Sí.
—Algunos creen que se está volviendo indispensable.
—Lo es.
La respuesta fue demasiado directa.
El director financiero asintió, pero la duda quedó flotando.
Esa tarde, Irene entró al despacho sin tocar.
—Ya empezó —dijo.
Adrián no fingió ignorancia.
—Sí.
Se miraron en silencio.
—No pueden probar nada —añadió ella.
—No necesitan hacerlo —respondió él—. La percepción aquí pesa más que los hechos.
Irene cruzó los brazos.
—Entonces tenemos que ser más cuidadosos.
Adrián la observó con atención.
—¿Eso le molesta?
Irene negó con la cabeza.
—No. Me preocupa que esto empiece a afectarlo a usted.
Adrián soltó una risa breve.
—A mí me preocupa que la afecte a usted.
Se quedaron en silencio un momento.
Las consecuencias no eran públicas. Eran sutiles. Se movían en comentarios indirectos, en evaluaciones silenciosas, en una atmósfera que empezaba a volverse más densa.
—Esto iba a pasar en algún momento —dijo Irene.
—Lo sé.
—Y aun así…
—No me arrepiento —completó Adrián.
Irene sostuvo su mirada.
—Yo tampoco.
Ahí estaba la verdad más peligrosa.
Porque las consecuencias no estaban generando miedo suficiente como para que quisieran retroceder.
Solo estaban obligándolos a ser más conscientes de dónde pisaban.
Cuando Irene salió del despacho, notó algo nuevo en las miradas de algunos compañeros.
Ya no era curiosidad.
Era interpretación.
Y eso podía ser más dañino que cualquier rumor abierto.
Esa noche, mientras recogía sus cosas para irse, entendió con claridad algo que hasta entonces había sido solo una intuición:
lo que sentían no iba a destruirse por la presión externa.
Pero sí iba a obligarlos a enfrentar algo que habían evitado hasta ahora.
No podían seguir moviéndose en ese territorio intermedio donde lo personal existía en privado y lo profesional en público.
Las consecuencias exigían una decisión.
No inmediata.
Pero inevitable.
Y ambos lo sabían, aunque todavía no estuvieran listos para decirlo en voz alta.